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el periodico

El odio en las redes

Algunos aprovechan el anonimato que permiten las tecnologías para sacar lo peor de ellos mismos
17/07/16
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Algunos episodios recientes hacen que no podamos dejar de inquietarnos ante la constatación de que, con notable frecuencia, se producen lo que podríamos llamarespirales del odio en las redes sociales. El asesinato de Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León, y la derrota del Real Madrid en la Euroliga de baloncesto ante los israelís del Maccabi pusieron sobre la mesa de forma muy evidente la cuestión de la libertad en internet. Revisar algunos de los comentarios contra Carrasco o sobre los judíos -rellenos estos últimos de loas a los nazis y a Hitler- causa a cualquiera en su sano juicio una indignación mezclada con tristeza, casi desolación, al constatar lo mucho que nos queda todavía por recorrer como sociedad. No son estos episodios los únicos. Hay muchos otros, como los ataques a Raimon por sus opiniones sobre la independencia. O a Gerard Piqué, por expresar en catalán su pesar por la muerte de Tito Vilanova y, de forma recurrente, los insultos contra el presidente Mas u otras figuras políticas. A menor escala, son muchos los ciudadanos que se convierten en víctimas de los vándalos, los llamados trolls.

En realidad, nadie se encuentra a salvo, aunque no forme parte de ninguna red social o, incluso, no se conecte nunca a internet. Todos estamos expuestos a la actuación de los trolls. No podemos huir. Y, por otra parte, no deberíamos menospreciar la fuerza, también la fuerza destructora, de las palabras. Como supo ver J. L. Austin, la palabra es hermana de la acción. Con todo, no debemos alarmarnos más allá de lo razonable. Sabemos que estoss comportamientos son obra de una minoría. Minoría que hay que tomarse en serio, sí, pero minoría.

Pero, ¿por qué?, ¿a qué responden las mentiras, los insultos y las amenazas? Pienso que no podemos recurrir a otra explicación que no sea la propia naturaleza humana. Como dijo alguien, cuando la gente tiene libertad, es decir, cuando puede hacer lo que quiera, lo que hace es justamente eso: lo que quiere. La tecnología suministra la sensación de libertad absoluta al facilitar el anonimato y, por tanto, una teórica impunidad. En esta situación, a algunos les sale lo peor de sí mismos.

Es la naturaleza humana, como decíamos, y solo los que participan de una mirada antropológica absolutamente naíf o de un angelicaltecno-optimismo pueden extrañarse de que en las redes pase lo que pasa. Hay, asimismo, algunos individuos que ni siquiera intentan ampararse en el anonimato. Por pura ignorancia y, sospecho, porque internet está ella misma recubierta de un velo de irrealidad, que nos empuja a creer que lo que hacemos es menos de verdad y, en consecuencia, menos recriminable y punible, llegada la circunstancia. ¿Qué hacer, cómo actuar como sociedad ante este fenómeno? Entiendo que solo hay dos caminos posibles, ninguno de ellos, soy consciente, definitivo.

El primero, el de la pedagogía, el de la educación en el sentido más amplio. Trabajar para progresar hacia una sociedad mejor, que significa de individuos mejores. Si retomamos la reflexión que esbozábamos arriba, diríamos que debemos educar a las personas para que cuando dispongan de libertad no la aprovechen para exudar su odio interior, para convertirse en monstruos. Existe también, naturalmente, la posibilidad de recurrir a la policía y la justicia, el recurso a la ley. El Código Penal da, a pesar de los años que tiene, mucho margen para perseguir este tipo de comportamientos, sin necesidad de grandes reformas. Se trata de hacerlo de manera sistemática, profesional y con los recursos humanos y técnicos necesarios para probar de desenmascarar a aquellos que se esconden tras el anonimato. Y actuar no a golpe de titular periodístico, cara a la galería, o fijándose solo en un determinado tipo de vándalos y mirando hacia otro lado cuando se trata de otros.

Por supuesto, es necesario también que nuestros gobernantes sean capaces de resistir la tentación de imponer restricciones abusivas a nuestra libertad, con el pretexto de proteger al ciudadano del odio en internet. O de violentar nuestra privacidad e intimidad sin autorización ni consentimiento de ningún tipo. Este es un terreno especialmente vidrioso en el que no hay tiempo ni espacio ahora de entrar a fondo, pero que nos remite a un asunto clave cuando hablamos de libertad: la cuestión de sus márgenes, de cuáles son los límites aceptables.

En el orden personal, lo que podemos hacer es intentar evitar a los vándalos o, en su caso, denunciarlos para que se les aplique la ley. Si ni lo uno ni lo otro funciona, entonces desgraciadamente solo nos queda intentar imitar a Dani Alves, y comernos el plátano del odio con tranquilidad y también con una sonrisa en los labios.P


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