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Carlos Moore (Foto: El País.com)
Carlos Moore (Foto: El País.com)
El País.com

Un negro en eterno exilio.

El largo viaje de Carlos Moore, el activista e intelectual que denunció el racismo en Cuba y pasó su vida perseguido por los dos lados de la Guerra Fría.
07/09/15
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A los 22 años, Carlos Moore ya había vivido más que la mayoría de la gente en una existencia entera. Ya había conocido el hambre y la violencia en la pequeña ciudad cubana donde nació, ya había deseado no ser negro y se había esforzado por alisarse el pelo, aclararse la piel con productos arriesgados y desachatarse la nariz con pinzas, ya había emigrado a los Estados Unidos y había descubierto la lucha por los derechos civiles, había sentido fascinación por Patrice Lumumba, el famoso líder congoleño, y había planeado un ataque contra el consulado belga en Nueva York para vengarse del asesinato del activista, ya había sentido encanto por la revolución tras la reunión con Fidel Castro, se había convertido en comunista y había regresado a Cuba para cooperar con el proceso revolucionario, ya había descubierto que el régimen cubano era tan racista como el que había derribado, ya había sido encarcelado una vez por denunciar que el racismo persistía en la revolución, ya había sido condenado a cuatro meses en un campo de trabajos forzados por segunda vez por la misma razón, después de dirigirse al propio Fidel Castro en público, ya había hecho una confesión para que no lo mataran, diciendo que se había equivocado y que no había racismo en Cuba, ya se había refugiado en la embajada de Guinea cuando se dio cuenta de que sería ejecutado de todos modos, ya había huido a Egipto y luego a Francia, sin ningún documento, ya había sido rechazado por un Jean-Paul Sartre convencido de que él era un “agente del imperialismo”, ya ha sido acogido por uno de los ideólogos de la negritud, el gran poeta surrealista de Martinica Aimé Césaire, ya se había convertido en guardaespaldas del activista negro Malcolm X, cuando este estuvo en París, y ya había sufrido de todas las formas por el asesinato del mismo. Todo eso sucedió hasta sus 22 años. Después sucedió mucho más.

Carlos Moore tiene hoy 72 años. Y lanza en Brasil su autobiografía: Pichón: raza y revolución en Cuba, por la editorial Nandyala, gracias a una financiación colectiva, y en los Estados Unidos en 2008, el mismo año en que Barack Obama se convertía en el primer negro elegido presidente de la mayor potencia global. El prefacio es de Maya Angelou (1928-2014), artista y activista, ella misma una leyenda, que desempeñó un papel crucial para que el entonces joven Moore descubriese su identidad y la realidad brutal de las mujeres negras.

Para alcanzar la trayectoria de Carlos Moore, hay que entender que, como hijo de inmigrantes jamaiquinos, ocupaba el peldaño más bajo de la escala racial de la sociedad cubana. Peor que un negro cubano era un negro inmigrante de las demás islas del Caribe. En su libro aparecen genocidios de inmigrantes negros en Cuba de los cuales la mayoría jamás ha oído hablar. A los 13 años, el padrastro de su madre ya la había violado y la había dejado embarazada. Con un hijo del incesto, ella se casó con otro inmigrante jamaicano. Moore nacería años después, entre varios hermanos. Y jamás entendió por qué su madre lo rechazaba y le daba palizas hasta el punto de dejarlo encamado durante días, cubierto de heridas y hematomas, que incluso lo llevaron a desarrollar una especie de reacción convulsiva. El pequeño Moore cavaba agujeros en el patio, para tratar de escapar de esa madre. Su fotografía era la única que no estaba colgada en la casa de la familia.

Un día, la madre se fue y los abandonó a todos. Y él solo descubriría mucho más tarde, ya en la edad adulta, la raíz de la violencia materna inscrita, mediante palizas cotidianas, en el cuerpo de su hijo. La vida de Carlos Moore también puede contarse por medio de una larga travesía en busca de una madre y de una identidad.

Hace algunos años, tras sufrir una embolia pulmonar y coquetear con la muerte durante tres semanas, Carlos Moore cuenta que decidió seguir el consejo de su buen amigo, el escritor estadounidense Alex Haley (1921-1992), autor de La autobiografía de Malcolm X, y escribir sus memorias. Decidió entonces trasladarse a Brasil, donde vive desde 2000 en Salvador, con su compañera, la guadalupense Ayeola. De su primer matrimonio tiene un hijo que vive en los Estados Unidos. En Brasil, acogió a una niña que vivía en una favela y hoy ya es adulta y hace doctorado. Tiene siete libros publicados, cinco de ellos traducidos al portugués y lanzados en Brasil. Uno de ellos, Fela, esta vida puta, es la impresionante biografía de Fela Kuti (1938-1997), el creador del afrobeat, con quien tuvo una amistad profunda. Entre sus varios exilios, Moore hizo dos doctorados en la Universidad de París VII, el primero en Etnología, el segundo en Humanidades.

Carlos Moore eligió Brasil, donde tenía amigos como Abdias do Nascimento (1914-2011), para recogerse y escribir su autobiografía con tranquilidad, en un país donde era casi un desconocido. Pronto se dio cuenta de que Brasil vivía un punto de inflexión en la lucha contra el racismo, con las cuotas raciales y las demás acciones afirmativas. Como hizo a lo largo de toda su vida, se comprometió. Su libro Racismo y Sociedad (2012), se ha convertido en una referencia y ha despertado controversias. Carlos Moore está lejos de despertar sentimientos unánimes, tanto dentro como fuera del movimiento negro, lo que no parece preocuparle. Se convirtió en uno de los pensadores negros dedicados a ese tiempo histórico muy particular de Brasil, definido por Moore como “el momento en el que las máscaras comenzaron a caer”.

Desde la infancia, Carlos Moore quería huir, una fuga profunda, con varios sentidos simultáneos. Acabó por pasarse la vida huyendo de perseguidores de todos los lados del espectro ideológico. Esa fuga interminable parece haberlo llevado a sí mismo, el único lugar de llegada que importa.

La entrevista a continuación se realizó durante seis horas, en dos días consecutivos de la semana pasada, durante la estancia de Carlos Moore en São Paulo, para el lanzamiento de Pichón. En ella, él habla de racismo, trayectoria, identidad, mujer negra, exilio, así como de las realidades del continente africano y de países como Cuba, los Estados Unidos y Brasil. Por su relato desfilan personajes que son iconos de la historia mundial del siglo 20, pero que tal vez la mayoría de los no negros desconozca, porque esta es una historia borrada por aquí, o jamás contada.

A primera vista, lo que llama la atención de este negro de tantos mundos es su levedad, que sorprende en alguien que carga una trayectoria tan pesada y además trae en el cuerpo las cicatrices de la violencia que comenzó a sufrir a manos de su propia madre. Moore es acogedor, cariñoso y sonriente, jamás esquiva una pregunta difícil, y su fuerza aparece cuando no está de acuerdo con su interlocutor y le da una respuesta demoledora. Está claro que, como se verá, no tiene tiempo para conversaciones superficiales.

1) El primer exilio de un negro: el del ser

Pregunta. ¿Por qué eligió Pichón como título de este libro?

Carlos Moore. El editor estadounidense quería quitar ese título, diciendo que no era un título comercial. Le dije que no lo cambiaría, porque le puse ese título para que la gente se preguntase: ¿qué es pichón? Pichón, en la Cuba de mi infancia, significaba “crío de buitre”. Solo más tarde, como adulto, vine a descubrir su significado más neutral, que era el de crío de cualquier ave. En Cuba era el término que utilizaban para humillarnos. Aquellos negros que venían del Caribe eran buitres, porque eran negros y también porque se decía que les robaban los empleos a los cubanos y que comían carroña. Y esta fue la palabra que más me dolió. Que me insultasen llamándome “negro de mierda” era normal. De modo general, los blancos estaban acostumbrados a llamarles “negros de mierda” a todos los negros. Pero solo a algunos negros los llamaban pichón, a aquellos que eran hijos de inmigrantes caribeños negros, gente venida de Haití, Jamaica, Barbados... Los negros cubanos ostentaban nombres como González, Díaz, Hernández y así por el estilo. Pero un negro con el nombre Moore ya se sabía que no era cubano, aunque poco importara que hubiera nacido en Cuba y que hubiera pasado 100 años allí. Había un odio profundo, racista, dentro de la sociedad cubana, para con los hijos de aquellos inmigrantes negros, a los que se consideraban más primitivos, más bárbaros, más africanos. Más negros. Su negrura era exponencialmente mayor, en el sentido negativo. Así que me dije: “Si ese es el término que más me hirió, durante mi infancia, es el que quiero utilizar como título del libro”. No lo quitaría por nada del mundo.

P. Usted tuvo una vida de exilios. Pero, desde niño, parece que usted ya se veía como exiliado, en un sentido más profundo. Un exiliado de la piel, de la lengua, de los nombres, ya que había un rechazo a su nombre, porque revelaba que sus padres eran inmigrantes jamaicanos. ¿Cómo es eso?

CM. Todos aquellos que nacemos negros de este lado del Atlántico ya nacemos dentro de un gran exilio. Un enorme exilio involuntario, forzado. Y a partir de ahí, vienen todos los demás exilios que proceden de él y que por su vez crean otros nuevos lugares de exilio. Pronto me di cuenta de que no tenía ninguna conexión con el mundo, a no ser una conexión ficticia que el mundo blanco me obligaba a aceptar, a querer ser como él. Ahí ya se creaba un corte fundamental, que era el corte conmigo mismo. Yo no sabía quién era, porque quería ser otro. Porque ese otro era lo bueno, lo bonito, lo que todo el mundo quería ser. Cuando era pequeño, rechacé a mi madre rápidamente debido a toda su brutalidad. Y en su lugar creé a otra madre en mi imaginación. Aunque nunca hablé de ese punto en el libro, la verdad es que creé otra madre imaginaria, que era totalmente blanca, rubia, de ojos azules, o sea, una mujer como las que yo veía en las revistas cubanas.

"Todos los negros nacen en un gran exilio forzado"

P. Su madre era una mujer brutal, pero cuando usted creó a una madre imaginaria, creó a una madre blanca, en vez de a una madre negra. Eso viene de otra brutalidad, ¿verdad?

CM. Sí. Me retiraba al fondo del jardín para hablar con esa madre imaginaria, que era cariñosa conmigo, siempre sonriente y de voz suave, y ella y yo hacíamos todo juntos. Esa madre de fantasía me traía regalos, me traía unos bizcochos que me gustaban mucho. Por la noche, yo me metía en la oscuridad del fondo del patio, entre dos cocoteros, y ahí esa madre venía a visitarme. Yo tenía unos siete años, y ella era real para mí. Siempre me preguntaba si estaba contento. Y yo le decía que quería escaparme de allí, le pedía que ella me ayudase a fugarme. Durante toda mi infancia, mi obsesión era fugarme, escapar. Largarme de allí fue el deseo más poderoso de mi infancia.

P. ¿Huir de qué? ¿Y hacia dónde?

CM. Yo pretendía caminar, caminar, caminar, caminar toda la noche, hasta llegar al puerto. Allí podría esconderme entre aquellos enormes sacos de azúcar, en uno de aquellos buques. Y aquel buque me llevaría a aquel país que era mítico para mí, que eran los Estados Unidos. Le decía a mi madre blanca: “Llévame, llévame por la mano”. Y ella me decía que no, que no podía. A veces yo me quedaba esperándola y ella no venía. Yo estaba totalmente alienado de mí mismo. Quería ser blanco, solo quería tener amigos blancos, quería cambiar de piel, quería cambiar de pelo, quería cambiarlo todo. Ese fue mi primer exilio, un exilio ontológico. Normalmente las personas saben lo que son, ellas son lo que son, no se plantean ese asunto. Pero yo no lo sabía, no quería ser lo que era y, por el hecho de no querer ser aquello que era, llegué a no saber ni quién era.

P. ¿Cómo es no saber lo que se es?

 

(Ver entrevista completa)

 

 

   


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