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El arte de lo imposible.

El ilusionismo, que durante siglos ha fascinado a la humanidad, vive un momento de auge. Proliferan los aficionados y las tiendas, y la disciplina ha saltado incluso a la universidad. En el siglo XXI, los hombres siguen rindiéndose al embrujo de los prestidigitadores, esos artistas capaces de engañar al cerebro.
06/09/15
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En un pequeño salón de un hotel madrileño, una treintena de personas sigue con atención los movimientos de Inés, La Maga. Tres espectadores eligen cada uno una carta y la firman. Uno dibuja además sobre la suya unos corazones, otro le añade un mensaje, el tercero simplemente deja su nombre escrito. La Maga baraja los naipes y los arroja contra un panel de corcho al tiempo que lanza una chincheta. Las tres cartas, cada una con su seña de identidad añadida, quedan atravesadas en el corcho.

El juego es un clásico que puso en escena por primera vez el caballero Pinetti en los años previos a la Revolución Francesa y que originalmente se hacía con una única carta y un disparo. Después de múltiples revisiones, Inés lo retoma y lo perfecciona a raíz de verlo en las manos de Pepe Carroll. “Cuando lo hago, el público no puede ni respirar”, explica Inés. “Tardan en reaccionar porque las condiciones son de una imposibilidad total”.

La magia es el arte escénico de lo imposible. “Es el espectador quien sostiene el pensamiento mágico subyacente en cualquier juego de ilusionismo”, explica Ramón Mayrata, autor de varios estudios y relatos sobre la evolución cultural de la magia; el último, El mago manco (fronterad / tanyible). Siempre hay un truco, pero tenemos la sensación de estar presenciando un prodigio. Por eso los expertos insisten en que el elemento esencial es la psicología, la capacidad para manejar y guiar al público.

Inés se confiesa autodidacta. “Yo puedo estar años haciendo girar una moneda en las manos, ensayando pases mientras estoy en el cine, esperando al horno o leyendo un libro. Miras en el espejo cómo te sale, te grabas en vídeo, lees todas las publicaciones de otros magos que hicieron ese número antes, o los llamas para que te cuenten a qué soluciones han llegado, estudias las variantes… Y así estás, dándole vueltas a la moneda, hasta que un día te das cuenta de que ya te sale, de que ya puedes mostrar ese número ante un público. Y entonces tu audiencia ve un gesto natural en el que una moneda se mete en la mano, la mano se cierra, se abre, y la moneda ya no está. Entre el primer gesto y el último han podido pasar siete años”.

En las antiguas caballerizas del monasterio de El Escorial, un imponente edificio con un claustro ajardinado, un grupo de personas se dispone a pasar un curioso examen. Son los alumnos del primer curso del programa de Ilusionismo que se imparte desde hace dos años en el Centro Universitario María Cristina. Uno a uno van desfilando ante el tribunal, mientras los compañeros que esperan turno ensayan continuamente su número.

“Vienen a estudiar aquí desde lugares muy lejanos, desde Europa hasta América, porque solo en Corea hay otra Universidad que imparta estudios de Ilusionismo”, explica Fernando Arribas, director de este programa. “Se sigue observando una minoría de mujeres, algo que es patente también en la magia profesional. En cuanto a las edades, hay gente mayor, sí, pero también muchos jóvenes. Incluso chicos que aún no tienen edad para abordar estudios universitarios y están aquí en calidad de oyentes, hasta que lleguen a aprobar la selectividad”.

En este curso, profesionales de primera línea imparten todas las especialidades, además de artes escénicas, y se provee al alumno de las claves técnicas esenciales. Pero el mago ha de construirse un personaje y un lenguaje propio: “No solo es necesaria la habilidad manual”, precisa Arribas. “De hecho, el arte empieza cuando la técnica desaparece, cuando deja de tener importancia. El mago es, además de un artista, un inventor. Aunque el punto de partida sea un juego clásico, siempre hay que aportar algo. En los exámenes y en los grandes certámenes, el tribunal valora especialmente las modificaciones que se han introducido sobre un juego ya conocido”.

Fernando Arribas es especialista en grandes ilusiones y en mentalismo. En su último espectáculo, Hades, el amante de la mente, recita los nombres y números de una determinada página de la guía telefónica, abierta al azar por un espectador. No obstante, insiste en que prefiere utilizar siempre el término ilusionista antes que mago y referirse al juego como tal, y no como truco, que tiene una connotación de engaño. “Nuestro trabajo es crear ilusión y no otra cosa”, afirma contundente.

Por Séneca y otros autores latinos sabemos de la existencia en Roma de los acetabularii, una suerte de predecesores de nuestros trileros, que hacían juegos de escamoteo con cubiletes: “La figura del mago callejero se extiende durante toda la Edad Media. Eran prestímanos al tiempo que saltimbanquis o buhoneros”, precisa Ramón Mayrata, profesor él mismo en el Centro Universitario María Cristina. El espectador de esa época aún no percibe claramente la frontera entre realidad e ilusión, y más de un artista callejero acabó en la hoguera, acusado de tratar con el demonio. “La imprenta supone un cambio de mentalidad impresionante y, en nuestra historia, la protección para los magos con la difusión de los primeros libros de secretos. Al desvelarse los trucos, ya no había lugar para pactos con el diablo, por mucho que algunos pretendieran detentar poderes sobrenaturales”.

Una vez sentadas las reglas del juego, llega un interesante periodo, en el siglo XIX, en el que van a coexistir el pensamiento mágico y el científico. Los ilusionistas se cobijan a la sombra de la ciencia, que en realidad siempre fue su soporte. Los juegos se llaman entonces experimentos de física recreativa y los magos abandonan la calle para entrar en los salones de la corte, donde las damas se desmayan ante experiencias tales como la visión de una gota de vinagre a través de un microscopio. Es entonces cuando nace la profesión de ilusionista, cuando el buscavidas callejero se especializa exclusivamente en los juegos de magia y los espectáculos empiezan a presentarse en espacios cerrados. Este escenario es propicio para la invención de autómatas y otros ingenios de mecánica compleja y grandes dimensiones. De hecho, los ilusionistas se adelantaron en muchos casos a los científicos, realizando observaciones y creando artefactos. Aparece entonces el que es considerado como el padre de la magia moderna: Robert Houdin –de quien precisamente tomó el nombre Harry Houdini, mucho más conocido entre nosotros– y surgen vocablos como ilusionista y prestidigitador (dedos ligeros), que viene a sustituir al antiguo prestigiador, sinónimo de embaucador.

También a lo largo del siglo XIX empieza a extenderse el espiritismo. Es un momento crucial en la historia de la magia, en el que algunos profesionales intentan distanciarse de los videntes y seguir avanzando por la senda de la tecnología. “A lo largo de la historia, la magia ha confluido con otras artes, ha intervenido en la tecnología del espectáculo y en una serie de laboratorios experimentales, como lo fue el londinense Egyptian Hall, donde empiezan a proyectarse las primeras ilusiones de imágenes en movimiento”, explica Ramón Mayrata. Allí se dan la mano la magia y la gran ilusión del siglo XX: el cine. Allí aprende ilusionismo el cineasta Georges Méliès, un gran innovador en el uso de efectos especiales. Otro cineasta y aficionado a la magia, Orson Welles, ejecutó su gran juego no a través de las imágenes, sino de las ondas: la emisión radiofónica de La guerra de los mundos consiguió sugestionar a buena parte de la población.

Del teatro, el ilusionismo entra con fuerza en los espectáculos de variedades y el music hall. Y, por último, en la televisión. Finalmente habrá una especialidad para cada espacio escénico.

La profesionalidad de un mago ha de medirse por el dominio no solo de la técnica del juego en sí, sino también de la psicología del espectador y del medio a través del cual se expresa, de manera que no es lo mismo un espectáculo de calle que otro desarrollado en un teatro o, ya en nuestra época, ante las cámaras de televisión.

Antes de la existencia de las escuelas de ilusionismo, los profesionales aprendían a través de la tradición oral congregándose en torno a las sociedades de magos, que aún existen, y donde, además de compartir los secretos de los diferentes juegos, se cuida especialmente de preservar la ética profesional: “Ahora son mucho más abiertas y para ingresar solo es necesario ejecutar una prueba de afición”, indica Ángel Torres, que regenta en Madrid la tienda Magos Artesanos.

En la trastienda de los establecimientos dedicados a la magia siempre hay mesas con tapetes de color verde, dispuestas para el taller, la clase, la tertulia o el ensayo. Casi la totalidad de los clientes son aficionados y los artículos más vendidos son, por supuesto, los naipes y los pañuelos. La magia de cerca es la más solicitada, pero las tiendas más veteranas, como Magia Estudio, en Madrid, o El Rei de la Magia, en Barcelona –la más antigua de España, fundada por Joaquim Partagàs en 1881–, aún conservan piezas de museo y artilugios destinados a grandes ilusiones, para los que hace falta prácticamente un almacén.

En cuanto a la comercialización de los juegos, suele hacerse después de un periodo de amortización sobre el escenario: “El autor los maneja durante ocho o nueve años; después publica el secreto, lo que sería como un registro de patentes, y ya puede salir al mercado”, puntualiza Ángel Torres. Y añade: “Esta profesión es muy seria y se rige por un código ético que está muy arraigado”.

Robert Houdin se preocupó también de sentar las bases de este código y las incluyó en sus escritos: “Nunca se debe recurrir a compinches, pues no es moralmente aceptable, ni a bromas de mal gusto ni a charlas pseudocientíficas”, por ejemplo. También sobre estos aspectos insiste Ana Tamariz desde su escuela, que regenta desde hace más de 25 años. Presiden el aula tres grabados con imágenes de Houdin y algunos de sus consejos: “El mago, como artista, debe creer en lo que dice y hace”. O bien: “Un mago debe siempre dar créditos a otros magos cuando corresponda”. Y además: “El mago debe mirar a los ojos para conocer al público”. La mirada es, por cierto, el primero de los cinco puntos mágicos que Juan Tamariz, padre de Ana y uno de los mejores magos del mundo, considera claves en este oficio. Los otros son la voz, las manos, el cuerpo y los pies.

 “Entre los profesionales de la magia hay una relación casi familiar”, dice Ana. “Nos llevamos muy bien y nos apreciamos de veras. No escucharás a un mago hablar mal de otro”. Y parece cierto ya que cualquiera de ellos reconoce los méritos ajenos. Por ejemplo, siempre se menciona a Juan Tamariz: “Es que Juan rompió con el secretismo y abrió muchas puertas”.

En la escuela de Ana dan clase varios profesores de cada una de las especialidades, alternándose para ofrecer al alumno una mayor variedad de ideas: “Así, cada uno desarrolla mejor su personalidad sin dejarse influenciar por quien le enseña. Y aprenden sobre todo a actuar con naturalidad, porque además los juegos de magia proporcionan seguridad y son una excelente terapia contra la timidez. Pero lo más bonito de esto”, concluye, “es que nos hace volver a todos a la infancia. En un momento dado, todos nos transformamos en niños”.

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