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El precio de la desesperación

Las mafias ajustan sus precios en función de la nacionalidad de los migrantes que anhelan llegar a Europa
16/08/15
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Una lancha se acerca a toda velocidad a las costas de la isla griega de Lesbos. En el mástil ondea una bandera norteamericana. Lo conduce un musculoso hombre con gafas de sol y gorra acompañado de un joven. Aunque finjan serlo, no se trata de turistas, sino de traficantes con 15 somalíes a bordo. La operación ha de ser rápida para que los guardacostas griegos no los intercepten. Les esperarían hasta 15 años de cárcel. Con el motor en marcha, obligan a los migrantes a saltar al agua en una rocosa zona oculta por la vegetación. Nerviosos y sin mirar atrás emprenden la huida, arrastrando consigo a un joven cuyo pie se ha quedado enganchado en la proa. Ante los gritos desesperados de los compañeros, los traficantes reculan. El pie del joven, que lucha por sacar la cabeza del agua, será por fin liberado.

Estos traficantes han cruzado los 14 kilómetros que separan la costa turca de la griega en 15 minutos. “Salimos hace un mes de Somalia, a través de Kenia, Irán hasta llegar a Turquía”, logra decir entre jadeos Mohamed, uno de los migrantes a bordo. En cuarto de hora, los traficantes se han embolsado 17.500 euros, a 1.160 por cabeza. Un negocio que puede proporcionarles ganancias de hasta cuatro millones de euros por mes, nutriéndose de la desesperación de los que huyen. Por ejemplo, un traficante que envía tres barcas al día a Lesbos con una media de 50 pasajeros cada una, algo habitual como ha podido comprobar este periódico.

Grecia ha registrado 156.000 migrantes en lo que va de año, por 32.000 en todo el 2014

Avistar a un traficante hoy es difícil. Temerosos de los guardacostas turcos y griegos, la mayoría envían las pateras sin patrón. En lo que va de año, la policía griega ha detenido a 727 traficantes, tan sólo 100 más que el año anterior, mientras queel número de migrantes registrados ha pasado de 32.000 a 156.000. Hamzi el Baradi desembarcaba de una balsa pocos minutos después. Huyendo de Siria con su hijo recurrió a un traficante.

Esmirna, en la costa turca, se ha convertido en uno de los epicentros del negocio. Como si de una agencia de viajes se tratara, en la plaza de Basma, los mediadores van a la caza de migrantes compitiendo en precios. “Negocié 1.000 euros para mí y 600 para mi hijo de 10 años”, cuenta el Baradi. “Nos condujeron durante cuatro horas en una furgoneta hacinados con otras 45 personas hasta Estambul. De allí nos llevaron a un lugar en la costa donde había tres zodiacs aparcadas. Zarpamos una vez los informadores llamaron diciendo que el camino estaba libre de guardacostas”. Tras cuatro años como refugiados en Líbano sin obtener reasentamiento en Europa, los Baradi optaron por esta peligrosa ruta, pero su única alternativa.

Los afganos pagan 750 euros, los sirios 1.000

Desbordados por la demanda, los traficantes hacinan a sus clientes. En el interior de las decenas de zodiacs que flotan estos días en las costas griegas como restos del viaje se lee: ‘ocupación máxima 13 personas’. Los pescadores locales aseguran que cargar más de 35 personas es receta segura para un naufragio. En ellas meten hasta 65. Dos semanas atrás, morían seis personas ahogadas. Otras cinco lo hacían en una furgoneta huyendo de la policía turca. Los precios varían según el país de origen. Los somalíes y afganos, con menos poder adquisitivo, pagan de 750 a 900 euros. Los sirios, 1.000. Pocos podrán pagar los 1.160 a 1.300 que exigen las lanchas, cuyo recorrido es cuatro veces más rápido que en patera. Su única inversión son los salvavidas, un bidón de gasolina y la balsa con motor.

“Negocié 1.000 euros para mí y 600 para mi hijo de 10 años”, cuenta el sirio Hamzi Baradi

Escatimando recursos, es común que el motor se pare en medio del mar, la balsa se desinfle o simplemente el carburante se agote. Una patera lleva 30 minutos a la deriva. Ante las prisas de los traficantes, la familia de los Nasser ha quedado dividida en dos pateras. Angustiados, observan desde Lesbos un punto inmóvil en el mar. Sus hijos arriban en tierra firme una hora después, relatando cómo sin combustible, los jóvenes tuvieron que tirarse al agua y empujar la balsa. “Los mediadores son afganos, somalíes o sirios, pero los que mandan, los que realmente hacen el dinero, tienen sus oficinas en Estambul”, arremete Mohammed el Homsi, abogado sirio refugiado recién llegado.

En las costas griegas, otro pequeño negocio comienza a surgir. Nada más golpear las rocas, pescadores locales se lanzan primero a evacuar a los bebés, luego a desmembrar las barcazas para aprovechar el material. Los motores de zodiacs apenas valen un puñado de euros hoy en las islas. En los países de origen, los falsificadores de pasaportes también hacen su agosto, cobrando de 200 a 1.000 euros según relatan los que llegan.

Una vez en Grecia, los grupos de migrantes se dirigen al norte. De nuevo, habrán de recurrir a los traficantes para sortear los controles fronterizos con Macedonia. Rutas que llevan años funcionando según Damil Esdras, responsable de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en Grecia: “La red de traficantes está bien implantada. Antes venían albaneses y serbios, hoy salen sirios, afganos y somalíes”.

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