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IDEAL

El adiós de un trovador

Pete Seeger no solo fue un cantante de folk. Fue el primer ecologista, el maestro de la canción protesta y un incansable defensor de los derechos humanos. Sufrió persecución política, pero Obama le despidió con honores
09/08/15
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Guantanamera es ya un baile de ida y vuelta a ambos lados del Estrecho de Florida, en dos países que vuelven a comportarse como vecinos. La bandera racista ha caído de su pedestal bajo el canto de ‘We shall overcome’ (‘Venceremos’), entonado por un presidente afroamericano, y General Electric está pagando cientos de millones de dólares por limpiar los químicos tóxicos que arrojó al río Hudson durante décadas. «¡Está loco! ¿Limpiar el río?», se preguntaba la gente en aquellos años 60 en los que todavía no se había inventado la ecología.

EN CORTO

Sin cobrar

Nunca cobró por sus actuaciones en el extranjero. «Mi país ha hecho suficiente daño en el mundo», solía decir. Vivía con lo justo, no le interesaba crearse un nombre ni ganar dinero. Solo plantar semillas para el cambio entre los pueblos del mundo.

Tuvo banda: En 35 años solo cobró por una decena de conciertos, pero daba cinco a la semana. Mandaba royalties a Cuba por España para burlar el embargo. Dejó a su banda, The Weavers, cuando esta aceptó poner música a un anuncio de cigarrillos. Era 1958, se seguiría fumando en los aviones hasta finales de los 90.

Vocación frustrada: Seeger quiso ser periodista, aunque se quejaba de que no le dieron la oportunidad. Se convirtió entonces en una figura destacada a la hora de escribir canciones de los temas que ocurrían y lograr que la gente las cantara, repicando así sus crónicas en miles de bocas.

Se referían a ese hombre enjuto que luego se dejaría la barba blanca y acabaría pareciéndose hasta físicamente a Don Quijote, cuya voz estuvo detrás de todos estos acontecimientos históricos. La de Pete Seeger era la voz de «un hombre sincero», que antes de morir echó «sus versos del alma», en palabras de José Martí. Se fue como vivió, con unos cuantos amigos y unos acordes de guitarra en el pueblo de Beacon, donde su amado Hudson le hizo de telón de fondo. A Beacon lo llaman ahora el nuevo Brooklyn y tiene un museo con Andy Warhol y Richard Serra en su colección permanente. Pero cuando el cantautor de folk se compró en 1949 ocho hectáreas de colina con 1.500 euros prestados, Rosa Parker todavía se sentaba en la parte de atrás del autobús y Fidel Castro no sabía quién era el Ché. Greenpeace todavía no había nacido cuando él fletó para su campaña medioambiental el velero ‘Clearwater’.

Su huella es tan profunda y han caminado tantos sobre ella que a menudo solo se recuerda a Víctor Jara cantando ‘El martillo’ o a los Sandpipers en ‘Guantanamera’, pero se olvida que fue él quien rescató estos versos populares, les dio forma y los grabó por primera vez.

Seeger no era un simple trovador, sino un visionario. Un hombre sencilloque afinaba el oído detrás de los presos que picaban piedra en las carreteras de Texas o los guajiros de Guantánamo pero que hacía los arreglos con la erudición de una familia de musicólogos y la pasión de un corazón infantil, necesaria para convertir esos versos populares en himnos de todas las causas justas del siglo. El movimiento obrero, el antinuclear, el ecologista, la lucha por los derechos civiles y hasta las Brigadas Lincoln de la Guerra Civil española. Lo de Seeger era pura pasión, llevar estos himnos hasta los confines del mundo, servir de vehículo para que ‘Solo le pido a Dios’ o el ‘Cristo de Palacaguina’ se cantasen en EEUU, recibir a Mercedes Sosa en los escenarios neoyorquinos o invitar a León Gieco. El padre del compromiso estadounidense era «lo más cercano a un santo secular», dice Bernardo Palombo, cuya amistad sirvió de eslabón con los movimientos de izquierda latinoamericanos.

«Hablar en vez de disparar»

Paul Davis se lo encontró un día en un jardín comunitario del Alphabeth City, cerca de esa Avenida D donde aún silban las balas y la D viene a significar ‘death’ (muerte). Las guerrillas verdes habían transformado los nidos de yonkis en extraños vergeles donde Seeger descubrió un rudimentario escenario y no se pudo resistir. Pensaba que nadie le veía, sacó su amplificador y se puso a tocar para los árboles y las enredaderas. El fotógrafo creyó que lo había capturado con su cámara en blanco y negro pero en realidad fue Seeger el que le atrapó. Dos décadas después, cuando los periódicos recogieron la noticia de que al maestro de la canción protesta y la música folk le había fallado el corazón en un hospital de Nueva York, Davis emprendió el camino del Hudson para despedirse de él en Beacon. No se atrevió a sacar la cámara en el velatorio donde no conocía a nadie, pero tampoco había extraños. La familia de Seeger estaba acostumbrada a su política de puertas abiertas en la que nadie era forastero mientras sonaran los acordes de una guitarra, un banjo o un ukelele. Seeger tenía 94 años, había pasado de ser un comunista proscrito por el Macartismo a recibir la medalla nacional de manos de Bill Clinton y tocar con Bruce Springsteen en la inauguración presidencial de Obama. De él habían bebido desde Joan Baez a Bob Dylan y ‘El boss’ le dedicó un disco completo.

En Beacon solo estaban los íntimos y los del pueblo, ajenos al sentido comunicado en el que Obama le agradeció «haber acercado este país a lo que él sabía que podía ser». Era una tarde helada de enero en la que las llamadas calurosas de todas partes del mundo entonaban a los que hacían cola a las afueras de la funeraria. Los amigos de toda la vida habían ido a despedirle al hospital y meses después, a iniciativa de su nieto Kitama Calihan, le harían una despedida musical de cinco días en el escenario de verano del Lincoln Center. «Era mi responsabilidad hacer de este mundo un lugar mejor», reflexiona el joven al recordar a su abuelo en El Taller, eje del compromiso musical neoyorquino que fundase Palombo. De esa casa de Beacon en la que se crió mirando al Hudson solo se ha llevado el ejemplar de ‘Ralph in the woods’, que a los 7 años inspiró en su abuelo la inquebrantable fe en la humanidad: «En este siglo aprenderemos a hablar en vez de a disparar», prometió antes de morir, aún con el banjo en la mano. EP


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