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El Periódico de Aragón

¿Qué fue de la ciudad de la alegría?

La Fundación Mapfre entrega el jueves el premio a la Mejor Iniciativa de Acción Social a la Fundación Colores de Calcuta, cuya directora en España es la autora de este artículo.
16/06/15
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MARÍA De Muñiz. 14/06/2015.

Aterricé en Calcuta en el 2006. Tenía 30 años y era época de monzón. Era el mes de julio. No paraba de llover. Sensación de humedad extrema. Calles desbordadas por el agua. La ropa se te adhería como una segunda piel. Recuerdo que la ciudad amanecía con las aceras ocupadas por la gente que despertaba en sus calles. Se reunían alrededor de los caños de agua para bañarse o limpiar sus cacharros, y el caos del tráfico y el ruido crecía a medida que avanzaba el día. Yo había estado como cooperante en una favela de Salvador de Bahía y en una barriada de Lima, trabajo que compaginaba con el de psicóloga infantil en España. Estaba establecida en Madrid, pero seguía deseando dedicarme a la cooperación.

Entonces alguien me habló de Antonio Mesas, quien había comenzado un programa de cooperación al desarrollo en Calcuta, le escribí y fui como voluntaria aquel verano. Trabajaba con una oenegé india que se llama Seva Sang Samiti, fundada por un sacerdote francés, Françoise Laborde, que impulsó a organizarse a los habitantes del barrio de Pilkhana, conocido mundialmente como la ciudad de la alegría por la famosa novela de Dominique Lapierre, quien se inspiró en su historia. Libro que había leído cuando tenía 20 años y cuyas descripciones me habían impresionado.

"Era un lugar donde no había ni un árbol por cada 3.000 habitantes, ni una flor, ni una mariposa, ni pájaros, con la única excepción de los buitres y los cuervos... donde el aire estaba tan impregnado de óxido de carbono y azufre que esta contaminación ocasionaba la muerte al menos de una persona de cada familia- donde el monzón transformaba las callejas y las chabolas en lagos de fango y de excrementos- un lugar en el que la lepra, la tuberculosis, las disenterías y todas las enfermedades carenciales reducían la esperanza de vida a uno de los niveles más bajos del mundo". La ciudad de la alegría, de Dominique Lapierre.

Era julio cuando entré por primera vez a la ciudad de la alegría, para conocer a las niñas de Anand Bhavan, la casa de acogida, el primer proyecto de este programa de cooperación para el desarrollo que es hoy Fundación Colores de Calcuta. Eran 30 niñas de entre 6 y 9 años. Calladas, tímidas, expectantes detrás de sus ojos negros. Llevaban solo dos meses en la casa y muchas de ellas iban por primera vez al colegio. Yo era la primera voluntaria que les visitaba y llegaba cargada de actividades y materiales que traía de España. Pero me encontré con niñas que habían crecido en la calle, que nunca antes habían dibujado, así que tuvimos que empezar por el principio: esto es un lápiz, esto una goma, esto un papel y vamos a descubrir qué podemos hacer con ello.

Durante ese verano, salvando las barreras del idioma --aún no sabía bengalí ni hindi--, también pude conocer a sus familias, visitar sus casas hechas con bambú y trozos de plástico o, en el mejor de los casos, colmenas dentro de edificios con apariencia de estar a punto de derrumbarse. Casas de 2x2 en que pueden habitar de 5 a 10 personas de media, abuelos, hijos y nietos. Casas con un espacio único, sin baños y en muchas ocasiones sin ventanas. Los bebés que nacen allí tardan en empezar a caminar porque no tienen espacio para gatear y muchos de ellos tienen raquitismo por una carencia de vitamina D, debida a la falta de exposición a la luz.

 

Una forma de vida

Al volver a Madrid decidí terminar mi trabajo como psicóloga en el gabinete para regresar a Pilkhana. Una opción más allá de lo profesional se acabó convirtiendo en una forma de vida. En la ciudad de la alegría, en su duelo entre la miseria y la esperanza, encontré el proyecto que había estado buscando.

"Había que repartir leche entre los niños que se morían de desnutrición, instalar fuentes de agua potable, multiplicar letrinas, expulsar a las vacas y a las búfalas propagadoras de la tuberculosis... las urgencias eran innumerables... El alimento que deseaban recibir antes que nada no estaba destinado a los cuerpos raquíticos de sus hijos, sino a sus mentes... la reivindicación primordial era la fundación de una escuela nocturna para que los niños que trabajaban en los talleres-presidios, las tiendas y los tea shops de la calleja pudiesen aprender a leer y escribir". La ciudad de la alegría, de Dominique Lapierre.

La salud y la educación fueron las prioridades que definieron los propios habitantes del slum de Pilkhana, hace 46 años cuando se organizaron, y en las que hoy continuamos trabajando.

A mi regreso a la casa de acogida comenzamos a trabajar con las madres y padres de las niñas. Muchos de ellos ricksaws, muchas de ellas trabajadoras peones en la construcción, transportando cemento y ladrillos sobre sus cabezas. La mayoría analfabetos, al no haber ido nunca a la escuela, tuvimos que comenzar explicándoles qué significaba estudiar matemáticas o lengua y qué diferencia supondría para sus hijas recibir una educación. Han pasado nueve años desde entonces y ya tenemos una promoción de alumnas en bachillerato, las primeras en sus familias que han obtenido el graduado escolar.

Esta labor la comparto con Antonio Mesas, fundador de nuestra oenegé, que desde hace 12 años vive en Calcuta. El resto de los trabajadores en los proyectos son indios, 51 en total: médicos, enfermeras, auxiliares, profesoras, la mayoría de ellos habitantes del mismo barrio de Pilkhana. Entre ellos, nuestra ginecóloga, la doctora Geeta Rakhit, fue la primera mujer que estudió medicina en Orisha, un estado cercano a Bengala, que continúa ejerciendo su profesión con su mirada escrutadora y firme en el centro médico, nuestro segundo proyecto. Por otra parte, historias como la de Sony, que llegó siendo bebé al programa para niños con desnutrición, y hoy, con 35 años, es la profesora de la guardería demuestran que lo que comenzó como un sueño hace décadas ha dado sus frutos.

Este programa para niños con desnutrición, por el que recibiremos el Premio Mapfre a Mejor Acción Solidaria el próximo jueves, es una realidad con rostros que van más allá de las cifras que todavía hoy siguen siendo estremecedoras. A nuestro centro continúan llegando niños con desnutrición severa que en muchos casos necesitan ser hospitalizados. Según datos de Unicef en India, alrededor del 46% de todos los niños menores de 3 años son demasiado pequeños para su edad, un 47% tienen bajo peso y muchos de ellos están gravemente desnutridos. La mortalidad en la infancia en India es de 63 muertes por cada 1.000 nacimientos, frente a 4/1.000 de la tasa española.

Trabajo con las madres

Esto hace que una parte fundamental del trabajo se centre en las madres a través de talleres de educación para la salud. Muchas de ellas también padecen de desnutrición. Nuestra ginecóloga las atiende durante el embarazo, dándoles pautas para que mejoren su alimentación, y además se las refuerza con suplementos vitamínicos.

Es una tarea que continúa la pediatra con pautas sobre alimentación e higiene básicas para los niños. Se les enseña también a detectar las enfermedades de sus hijos para que acudan al médico el primer día en que el niño tiene diarrea o dificultades respiratorias en lugar de esperar a que empeore. Una labor de prevención que permite en muchos casos salvar vidas.

Ahora, nueve años después, y en este momento, al poner en palabras tantas experiencias, el trabajo de tanta gente, escribo con un profundo agradecimiento a la ciudad de la alegría, que aún hoy no deja de sorprenderme, que me ha enseñado a creer en los sueños y en nuestra capacidad para hacerlos realidad cuando unimos fuerzas y trabajamos juntos.

 

EPA

 

 

 

 

  

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