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La fotógrafa Margarita Montealegre en Managua. (Foto: El País.com)
La fotógrafa Margarita Montealegre en Managua. (Foto: El País.com)
El País.com

“Las mujeres jugamos un importante papel en la revolución sandinista”

La primera mujer fotorreportera de Nicaragua presenta “Insurrección y revolución”, obra que reúne la memoria visual de un país que no se reconcilia con su pasado.
02/04/15
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CARLOS SALINAS Managua 1 ABR 2015

Montealegre (Managua, 1956) es la primera mujer fotorreportera de Nicaragua, una testigo privilegiada de la historia política de este crispado país. Por estos días presenta su libro, Nicaragua, insurrección y revolución, designado ya como la memoria visual nicaragüense. Cuenta su trayectoria como reportera de guerra en el pequeño estudio de su casa, localizado en el capitalino barrio de Los Robles, una tarde de finales de marzo, cuando el termómetro marca 33 grados y gotas de sudor resbalan por el cuerpo de la entrevistada y por el del entrevistador. Es aquí donde hoy, tantas décadas después, se especializa en otra rama de la fotografía. "Trabajo para la BBC", dice riendo. Y luego aclara: "bodas, bautizos y comuniones". Carcajadas.

Esta historia comienza en la morgue, a finales de los años setenta. Montealegre había regresado de Bélgica tras una temporada estudiando periodismo en aquel país. Allá tuvo sus primeras nociones de fotografía, pero su encuentro con la profesión se dio cuando entró como pasante al diario La Prensa, de Managua, entonces fiero opositor del somocismo, varias veces censurado por el régimen. En esa época ya colaboraba con el clandestino Frente Sandinista, la guerrilla que quería derrocar a la dictadura. "Entré a un mundo de machos. No, no te voy a decir que mis compañeros eran hombres evolucionados, con un pensamiento abierto. Eran como unos pitufos necios, unos machitos sueltos. Te decían: 'amor, vení, sentate aquí'. Te tocaban, te pasaban rosando el cuerpo. ¡Era bárbaro! Pero decidí que me iba a quedar y aprender", dice Montealegre.

Los primeros encargos estuvieron relacionados a la muerte, en un país donde la muerte se podría encontrar en cualquier esquina: demasiados desaparecidos para una nación tan pequeña. Ella acompañaba a un reportero a visitar la principal morgue de Managua y su trabajo consistía en esperar a que el forense abriera las frías gavetas para fotografiar el rostro del difunto. Siendo una mujer bajita, debía subirse en un banco, o una escalerilla, para poder hacer su trabajo. "El encuentro con la morgue fue durísimo para mí, era tan crudo. Nunca había lidiado con la muerte. Algunas de esas personas murieron por la represión y nadie los llegaba a reclamar, otros por la pobreza. ¡Era fortísimo!", cuenta. Sus imágenes aparecían en una sección llamada ¿Lo conoce usted?, una macabra lista que jugaba un papel importante para los familiares de los muertos, pero también para los guerrilleros: así sabían el destino de sus desparecidos o los números de bajas urbanas. Montealegre se encargaba de estudiar los cuadernos del forense, para saber si había militares de la Guardia Nacional muertos, información clave para el Frente Sandinista, porque la propaganda oficial decía que los militares no eran abatidos por la guerrilla.

La joven fotorreportera supo darle la vuelta a las desventajas que suponía ser mujer en una profesión dominada por hombres, en un país cargado de machismo como Nicaragua: podía entrar a las conferencias de prensa del régimen en tiempos donde los periodistas de La Prensa eran vetados, y así fotografiar a los principales colaboradores del régimen. "Tuve mis ventajas siendo mujer. Podía entrar a algunos lugares de la Guardia Nacional. Usé esa ventaja, dije 'voy a aprovecharlo'", explica.

A finales de los setenta, cuando la llamada guerra de insurrección llegaba a su ofensiva más dura, Montealegre iba de trinchera en trinchera acompañando a los reporteros internacionales que documentaban para diarios de Estados Unidos, Europa o América Latina los últimos días del somocismo. Cumplía también una función importante: era una fotógrafa que documentaba lo que pasaba y distribuía imágenes para los llamados comités de solidaridad que a nivel internacional apoyaban al Frente Sandinista. Montealegre perdió la mayoría de sus imágenes, pero en las que conserva, y forman parte de su libro, se ve una que muestra a una joven y bellísima guerrillera vestida de verde olivo y botas militares, apoyando su fusil en una pierna y con un pañuelo rojinegro, la bandera del Frente Sandinista, al cuello. La joven sonríe y posa para la cámara de Montealegre. Está feliz: los guerrilleros habían tomado Granada, la segunda ciudad en importancia de Nicaragua. En otra aparece un grupo de señoras granadinas de clase media sonriendo y posando junto a un camión cargado de guerrilleros. Pero la que puede ser la imagen más icónica de esa época es la de limosina del último Somoza abandonada y desmantelada en una calle de Managua. El régimen que durante más de 40 años había gobernado al país caía y sus líderes salían del país en desbandada.

Los periodistas en aquella en época dejaron a un lado su imparcialidad, se involucraron de lleno en la revolución. Fue su caso. "Hubo enamoramiento de la revolución, lo veíamos un poco romántico. Los periodistas se enamoraron de un cambio después de una dictadura tan cruenta. Casi todos estábamos involucrados. La mayor parte teníamos mucha simpatía o con el Frente o con estar en contra la dictadura. Había gente que no estaba con el Frente, pero sí apoyaba de alguna manera, te daba información", explica Montealegre.

Su compromiso con esa revolución la llevó hasta las montañas de Nicaragua, donde no solo defendía el país de la Contra, la guerrilla armada por Estados Unidos para derrocar el sandinismo, sino también documentaba la guerra civil, la vida de los soldados, el día a día en un país que no se había convertido en la tierra de leche y miel que soñaban los guerrilleros, sino en un lugar de escasez y sangre. "Fui a tres diferentes batallones. En un momento dado anduve solo con hombres. Era duro. Caminar en la montaña todos los días, en una selva cerrada en la que no se ve la luz, donde todo es húmedo. Tratas de protegerte de las enfermedades, los ataques de la Contra. Fue fortísimo. Fue un cambio de disco para mí. Caminas y piensas si puede haber una mina, si puede haber un ataque de la Contra. Yo sabía que si la Contra me tomaba viva era un flanco para las violaciones, como hicieron con muchas brigadistas. Fue muy difícil. Pero tuve una experiencia de camaradería, de solidaridad de los compañeros, de respeto", cuenta.

En ese duro contexto Montealegre guardaba un pequeño "lujo" para ella, a pesar de las críticas de sus compañeros: la fotorreportera siempre llevaba consigo su pintalabios. "Me pintaba los labios aunque estuviera en la montaña más cerrada. Necesitaba mi coquetería. Decía: déjame, no sé si voy a morir mañana, pero voy con mis labios pintados. Me gustaba tener las cosas que me identificaban como mujer", explica.

Es en este punto cuando Montealegre expresa su principal crítica a la revolución sandinista: el poco poder que dieron a las mujeres en la Nicaragua que pretendía ser un país nuevo, alejado de los vicios de más de 40 años de dictadura. "Creo que las mujeres jugamos un papel importantísimo en la revolución y nos debieron haber dado mucho más poder, pero no fue así. Las mujeres tenemos una forma diferente de ver las cosas, por la lucha que hemos librado para llegar hasta donde hemos llegado", dice. A ella le criticaban el hecho de fotografiar paisajes, guerrilleros enamorados, animales. Su libro es una visión diferente de la guerra. "Fui testigo de muchas muertes. Pero ahora que veo para atrás mis fotos, veo que me atraían mucho la risa, los niños, y el amor, porque dentro de todas las cosas negativas que veías siempre habían escenas de amor, de coqueteo, cosas muy lindas. Y quiero que los nicaragüenses vean este libro así, como la visión diferente de una mujer", dice.

                                              

El País.com

 

 

  

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