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El país más envejecido del mundo.

10/03/15
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VÍCTOR NÚÑEZ JAIME Madrid 3 MAR 2015

La madre de Clara Rubio de Estrada murió a los 103 años. Por eso esta mujer de baja estatura, pelo rizado y teñido de rubio, gafas y arrugas finas, nacida en Albacete, piensa que dejará a una edad similar a sus siete hijos, 24 nietos y 22 bisnietos. “Porque la línea de la longevidad viene de la madre”, dice con firmeza. Doña Clara tiene 90 años, las secuelas de una tuberculosis infantil anquilosada en un pulmón, la sonrisa fácil, los recuerdos muy nítidos y un gusto desmedido por vivir. Una tarde fría, entre sorbo y sorbo de té, lamenta, sin embargo, que hoy en España los mayores sean vistos como un problema. “Cuando yo era niña se les trataba con mucho respeto. Para nosotros eran primordiales. Y no había gente que abandonara a sus padres o trataran mal a un viejo en la calle o cualquier otro sitio. ¡Hoy te enteras de cada cosa!”, arguye en el salón de su casa, ubicada en un barrio de clase media de Madrid, bajo una luz amarilla y a un costado del retrato de su madre.

Doña Clara se levanta casi todos los días a las 10 de la mañana (“es que me acuesto tarde porque leo algún libro o veo la tele”). Después de desayunar sale a dar un paseo (“a veces prefiero quedarme, porque este Madrid es de subida y cansa”). Pasa buena parte del día cuidando a algún bisnieto (“como las madres trabajan, casi siempre me los traen”). Dice que por eso no suele convivir demasiado con gente de su edad (“con tanto hijo, tanto nieto y tanto bisnieto… ¿a qué hora? Además, de todos los amigos que tenía, la única que queda soy yo. ¡Se han muero todos!”). En verano se va con su familia a las playas de Valencia y entonces, dice, rejuvenece al instante (“no me fatigo ni me duele nada”).

Estudió hasta cuarto de primaria porque fue entonces cuando la “pilló” la Guerra Civil y la vida le cambió (“fue horroroso: bombas, muertos, hambre… Y luego, con la casa y los hijos, no pude seguir estudiando. Pero sí leyendo, y mucho”). Cuenta que, por fortuna, sus hijos no le han dado “grandes problemas.” Es viuda desde 2007. Pasó tres años cuidando a su marido, a quien, a los tres meses de haberse jubilado (“trabajaba en el Ayuntamiento”) sufrió un ictus. Poco después de morir él, ella comenzó a sentirse cada vez más agotada. Un día, los médicos decidieron extirparle un riñón. Luego empezó dolerle un pulmón. No puede hacer grandes esfuerzos, pero dice con una sonrisa que ya lleva un buen tiempo sintiéndose “estupenda.” Se mantiene “tranquila” con su pensión de viuda y, como está segura de que le quedan varios años de vida, doña Clara sabe que gente como ella, con sus características y su estilo de vida, representa un cambio en el presente y el futuro la estructura social española, en la que sus miembros son cada vez más longevos.

Cuando el pasado mes de noviembre el Fondo de Población de Naciones Unidas dio a conocer su informe “Estado de la Población Mundial 2014”, España apareció (junto a Japón y Eslovenia) como el país con la población más envejecida del mundo. Los avances médicos y el sistema de bienestar han alargado la esperanza de vida (en la actualidad, en España se sitúa en 82 años), pero ¿lo que a nivel individual es un progreso, a nivel colectivo es un problema? “El envejecimiento es, sin duda alguna, el principal reto social de este país para las próximas décadas. Pero es verdad que, de momento, la mala situación de la economía y el desempleo lo están opacando”, dice David Reher, catedrático de sociología de la Universidad Complutense de Madrid. “Lo importante es ver todo esto como un reto y no como un problema. Porque últimamente se dice: es que hay muchos viejos, gastan mucho, no producen… ¿Entonces qué? Si son un problema, ¿la solución es matarlos?”, ironiza José Antonio Serra, jefe del servicio de Geriatría del Hospital Gregorio Marañón de Madrid.

Hace casi un año, Reher y Serra fundaron el Centro de Estudios del Envejecimiento, una entidad “todavía virtual”, aclaran, que pretende convertirse en un think-tank en donde “una serie de personas de áreas distintas: de la sociología, de la política, de la economía, de la medicina, aborden el envejecimiento como un fenómeno que afecta a la sociedad de una manera muy transversal”, puntualiza Serra —el estetoscopio en el cuello, la bata blanca impoluta— en su despacho del hospital. “No podemos hacer esfuerzos aisladamente. Porque pensamos que la sociedad civil debe tener un papel más relevante a la hora de plantear esta situación y la solución. Y para eso le hace falta tener información”, agrega.

No hace mucho, este médico de 54 años, al que muchos de sus pacientes llaman “Tín”, tecleó en Google “envejecimiento problema” y el buscador arrojó miles de páginas para consultar. Cuando puso “envejecimiento solución”, en cambio, los resultados fueron más escasos. “La humanidad ha conseguido un gran logro: vivir más y mejor y… ¡ahora parece que eso es un problema! Es imprescindible hacer algo. ¡Imprescindible!”, sentencia. El sociólogo David Reher, también presente en la charla, explica que “el envejecimiento afecta a la sociedad en su conjunto y la vida de cada persona. Pero la sociedad española no se entera de la importancia del tema. Porque salvo que uno tenga una madre que se muera, como la mía, de demencia senil, entonces se piensa en el envejecimiento. Porque te afecta directamente. Pero en general, no. La única forma sensata de gestionar esto es con una participación activa y, muchas veces, crítica.”

Cada año, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) elabora un “Perfil de las personas mayores en España.” En su edición de 2014 dice que, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en España hay más de ocho millones de personas mayores de 65 años (casi el 18% del total de la población) y se estima que, en 2051, el 15% de los españoles será mayor de 65 años. Castilla y León, Galicia, Asturias y Aragón son las comunidades autónomas más envejecidas. Pero para los especialistas el reto no sólo es demográfico. También es social. Así que su radiografía de los ancianos va más allá: los mayores suponen el 41,9% de todas las altas hospitalarias y presentan estancias más largas que el resto de la población. La principal causa de su muerte está relacionada con enfermedades del aparato circulatorio. El cáncer es la segunda causa y la tercera son las enfermedades respiratorias. Aunque no ofrecen cifras exactas, ven con preocupación el aumento en los últimos lustros de la mortalidad por enfermedades mentales y nerviosas (demencias y Alzheimer).

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