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Gomorra, la maldición de Nápoles.

15/02/15
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PABLO ORDAZ 27 NOV 2014

La ciudad de Italia con peor reputación es Nápoles. El barrio de Nápoles con un estigma más profundo se llama Scampia. Los bloques más temidos de Scampia son Las Velas. Al llegar aquí, el zoom de la mala fama sigue adentrándose a través de cristales rotos, montañas de desperdicios, ascensores que hace años dejaron de funcionar, escaleras pintarrajeadas con palabras de amor o de venganza y restos de las fortalezas de hierro construidas por las feroces familias de la Camorra hasta detenerse en unas sombras que se mueven por el sótano con una jeringuilla clavada en el brazo. Esto, más decenas de tiroteos y de muertos, es lo que todo el mundo ha conocido a través de Gomorra, primero el libro, después la película y ahora la serie de televisión inspirada en la investigación del periodista Roberto Saviano sobre la Mafia napolitana.

Pero cuando, en medio de este paisaje de la desesperanza todo parece predestinado a la derrota continua, se oyen unos pasos subiendo y a alguien que canturrea en napolitano, esa bella versión del italiano que lleva dentro, como una caja negra de la historia, el recuerdo de griegos, normandos, españoles y hasta de los yanquis que desembarcaron en la II Guerra Mundial y todavía no se han marchado. Es Vincenzo, un joven expresidiario que como cada día viene a venderle el pan a Carmela Imparato, madre de dos hijas pequeñas, separada de un marido que no le pasa la pensión y limpiadora ocasional de casas ajenas. El único trabajo fijo que, un día sí y otro también, le ofrecen a Carmela algunos de sus vecinos es el de cajera de las ganancias de la droga. “Me darían 50 euros al día si guardase el dinero en mi casa, y mucho más si escondiese algún alijo de vez en cuando”. Pero Carmela, aunque más de una noche tenga que mandar a sus hijas a la cama sin cenar, siempre dice que no. Y de su negativa, de su no rotundo y de sus razones tan sencillas como el agua limpia, arranca un nuevo zoom que, partiendo de las sombras del sótano y atravesando la memoria atroz de varias décadas de guerras de Mafia, intenta superar trabajosamente la maldición de la mala fama.

No es fácil. El barrio de Scampia está ligado al destino de Nápoles, y esta ciudad –la más poblada del sur de Italia, la que registra las mayores tasas de desempleo de todo el país– también es “la capital mundial del estereotipo, hasta el punto de que cuando el equipo de fútbol va a jugar a cualquier otra ciudad de Italia, la afición rival no se mete con los jugadores, sino con los napolitanos”. La reflexión, pronunciada a modo de irónica bienvenida, pertenece al profesor de Filosofía Moral Giuseppe Ferraro. Nadie como él, cuya vocación es encender la mecha de la curiosidad tanto en las aulas como en las prisiones, para explicar por qué el barrio de Scampia, además de por las guerras de la Mafia y por los efectos mediáticos de la obra de Saviano, se ha ido convirtiendo con el paso de los años en el prototipo de la degradación. La conversación se desarrolla durante un paseo por las callejuelas del Barrio Español, un lugar donde el peligro y la belleza llevan siglos felizmente casados.

“Lo primero que hay que tener en cuenta”, explica Ferraro, “es que los edificios llamados Las Velas por su semejanza con el perfil de un velero fueron construidos a principios de la década de los setenta para descongestionar otros barrios de la ciudad. Se pretendía que el interior de los bloques fuese una reproducción moderna del casco histórico, con sus callejones y sus plazoletas, pero desde el principio se convirtió en un barrio de deportación. Los vecinos que fueron enviados allí o que ocuparon las casas a raíz del terremoto de 1980 sufrieron enseguida el desarraigo, la pérdida de identidad. Y esto fue especialmente grave en una ciudad donde, por poner un ejemplo, en cada barrio se habla el napolitano con un acento distinto. La diversidad de acentos te ayuda a situar a las personas dentro de una ciudad que es el reino de la estratificación. Si nos metemos en esa iglesia verás que debajo existe una ciudad idéntica, con las mismas callejuelas que en la superficie, herencia viva de los griegos, de los españoles… La misma mezcla y el mismo lío de arriba perviven también abajo. Yo, si quiere que le sea sincero, cuando falto de la ciudad lo que más echo de menos es el mar… y el lío”.

Las calles del Barrio Español van marcándole el compás a las palabras del profesor Ferraro. Magníficos palacios del siglo XVII divididos en pisos de renta antigua o inexistente, habitados por vecinos que jamás han sentido la necesidad de salir del barrio y que se pasean por la calle en pijama, entre el estruendo de los ciclomotores sin tubos de escape ni matrícula, cabalgados por muchachos sin casco que se santiguan delante de una hornacina de la Virgen adornada con flores de plástico. “Esta ciudad”, dice el profesor para explicar esa rebeldía que se hace patente en cada esquina, “nunca se ha gobernado a sí misma. Desde su historia griega o romana o española o incluso en los tiempos modernos, jamás tuvo un Gobierno presidido por alguien de aquí. Y esto ha resultado cómodo porque así cada napolitano ha interiorizado que las instituciones están siempre en contra, que son el adversario, que hay que combatirlas”. Giusep­pe Ferraro trae a colación que, a su paso por la ciudad, el escritor estadounidense Herman Melville se maravillase de que los cañones de Fernando II de las Dos Sicilias, el Rey Bomba, no estuviesen apuntando hacia el mar, sino hacia la ciudad: “Era la prueba de que el enemigo estaba dentro”. La cultura de la Camorra viene de una estructura antiquísima de clanes ya existentes en el tiempo de los Borbones, donde cada zona tenía un capo y donde existía la alta y la baja Camorra, la aristocrática y la popular, con la misma mentalidad aunque con intereses distintos. Es algo que, como otras muchas cosas en Nápoles, no ha cambiado a través de los siglos. Ya sea desde el borde de fuera de la ley o desde el borde de dentro, el napolitano siempre ve en la autoridad un sinónimo de opresión, de ahí su inclinación –que acompaña de un cierto placer– por circular a contramano de los semáforos y las reglas.

–Ah, y otras dos cosas antes de que vaya a Scampia.

–Dígame, profesor.

–La primera es que debe tener en cuenta que en esta ciudad solo existe el presente. El pasado es presente e incluso la muerte está incluida en el presente. Cuando el Nápoles venció el segundo scudetto [el campeonato de liga 1989-1990, con Maradona de capitán], los muchachos fueron al cementerio y colgaron una pancarta: “Queridos abuelos, no sabéis lo que os habéis perdido”. Al día siguiente, apareció otra pancarta en el mismo lugar que respondía: “¿Quién os lo ha dicho…?”. No lo olvide, esta ciudad está siempre al límite de su propia locura.

 

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(Ver reportaje completo)

 

 

 

  

 

 

 

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