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El País.com

El Ben Bradlee que conocimos.

Amigo, director implacable y, sobre todo, un hombre en busca de la verdad: así recuerdan los periodistas del ‘caso Watergate’ al desaparecido exdirector de ‘The Washington Post’
04/11/14
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Bob Woodward / Carl Bernstein 31 OCT 2014

Expuso su teoría general del periodismo y la vida: “La nariz hacia abajo, el culo hacia arriba y con paso firme hacia el futuro”. Entendía el pasado y su importancia, pero estaba completamente liberado de él. El pasado era historia, de la que había que aprender. Se negaba a dejarse lastrar emocionalmente por él y a desalentarse por sus altibajos. La analogía militar, que a menudo no es más que un cliché, es válida en este caso: un gran general, tranquilo en la batalla, con el amor y el afecto de sus soldados, a los que protegía con la misma furia con la que les enviaba a su misión. Él mismo se había construido un personaje original, diferente de cualquier otra persona en su redacción: diferente por su temperamento, por su actitud, incluso por su aspecto físico y su lenguaje (una mezcla de inglés tradicional anglicano y expresiones de marino). Bradlee [falleció el 21 de octubre, a los 93 años] transformó no solo The Washington Post, sino también la naturaleza y las prioridades del periodismo.

No era hombre de arrepentirse. Nunca se mostraba cínico, pero siempre era escéptico. Y el hilo conductor de su vida —increíblemente, sin caer en santurronería de ningún tipo— fue el culto a la verdad. Una de las cosas que indicaban cómo ejercía Bradlee el mando era su manera de afrontar los errores y equivocaciones, tal vez la responsabilidad más incómoda de un periodista, una verdadera prueba de fuerza, competencia y compromiso con la verdad.

Nosotros compartimos las trincheras con Bradlee durante la cobertura del caso Watergate, y en un momento dado, hace casi exactamente 42 años, cometimos un error monumental: en un reportaje de portada afirmamos que, según un testimonio prestado ante el Gran Jurado, el jefe de gabinete de Richard Nixon, Bob Haldeman, había controlado un fondo secreto utilizado para financiar la entrada de los ladrones en el hotel Watergate, además de otras actividades clandestinas e ilegales.

Para Ben, lo importante eran los hechos. ¿Qué datos había? ¿Estaban comprobados? ¿Quién tenía otra versión?

El reportaje, publicado cuatro meses después de que la Casa Blanca dijera que el allanamiento no había sido más que “un robo de tercera categoría”, suponía un gran paso a la hora de demostrar el vínculo entre los delitos cometidos en el Watergate y el Despacho Oval. Lo malo es que ese testimonio no había existido; aunque al final se vio que teníamos razón en que Haldeman controlaba ese dinero y mucho más.

“¿Qué ha pasado?”, nos preguntó Bradlee. La Casa Blanca y los partidarios del presidente estaban asaeteándonos a denuncias y refutándonos con argumentos que parecían bastante creíbles. Nosotros no sabíamos bien en qué nos habíamos equivocado aquel día de octubre de 1972 y estábamos allí, inseguros y tratando chapuceramente de salvar la cara.

“No sabéis dónde estáis”, dijo Bradlee. “No tenéis los datos. Estad callados por ahora… Vamos a ver en qué acaba esto”. De pronto, giró su silla, puso una hoja de papel en su vieja máquina de escribir y empezó a teclear. Después de empezar varias veces, redactó su declaración: “Reiteramos la veracidad de nuestro reportaje”. No mostró ningún enfado ni rencor hacia nosotros, pese a que mucho después diría que aquel había sido uno de los peores momentos de sus 23 años como director del Post.

Habíamos cometido un error estúpido, de novatos. Nuestra fuente principal, el tesorero de la campaña de Nixon, sabía que Haldeman había controlado el fondo, y había prestado testimonio ante el Gran Jurado. Pero en su comparecencia no le habían preguntado por Haldeman. Nosotros supusimos que sí y, al hacerlo, violamos una regla fundamental de Bradlee: “Nunca hay que suponer nada”. El respaldo de Bradlee en aquel momento tan humillante fue mucho más que un consuelo y un voto de confianza. Sabíamos que él estaba convencido de que íbamos en la buena dirección, pero habíamos sufrido un tropezón casi fatal. Y él fue un salvavidas de tranquilidad.

Para Ben, lo importante eran los hechos. ¿Qué datos había? ¿Estaban comprobados? ¿Quién tenía otra versión? Uno no podía considerarse reportero hasta haber tenido que pasar por un interrogatorio de Bradlee. Durante aquel vergonzoso episodio, hubo un momento en el que estábamos resumiéndole lo que nos había dicho una de nuestras fuentes. “No”, insistió Ben. “Quiero oír exactamente lo que le preguntasteis y cuál fue su respuesta exacta”.

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(Ver artículo completo)

 

 

 

   

 

  

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