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El Periódico.com

De la cima al valle.

El 27 de julio de 1974, el Congreso de EEUU inició un proceso de ‘impeachment’ contra el presidente Richard Nixon, quien, acorralado por el Watergate, dimitió a los pocos días. Jesús Hermida, que desde 1968 a 1978 estuvo al frente de la corresponsalía de TVE en Nueva York, rememora aquel verano que ha dejado una herencia que aún perdura: ningún otro presidente ha vuelto a contar con la confianza reverencial del pasado.
09/09/14
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DOMINGO, 20 DE JULIO DEL 2014 - 04.58 H

Era una tarde de otoño y el cielo se pintaba de rojo, rojo y oro, hacia el oeste, al otro lado del río. A veces ocurre y, entonces, con la luz peregrina del poniente, la ciudad –simplemente

«The City», como se la conoce sin más nombre ni apellido– parece una inmensa rosa encendida. Uno de esos días jubilosos y flamígeros, hacía sacar pecho, pompa y circunstancia al alcalde que era algo literato por cierto: «Hay momentos en que uno piensa que no existe en este mundo un lugar para vivir como Nueva York...». Pero otros días, los más quizá, lo que sacaba era un ácido y permanente dolor de estómago: «Hay momentos en que uno piensa que Nueva York debería hundirse en el océano para siempre». Cosas de alcaldes, ya se sabe.

ESA TARDE QUE DIGO, yo estaba matando el tiempo –curiosa y fúnebre expresión la nuestra– mientras esperaba. Nixon –Richard Mulhouse Nixon, 37º presidente de los Estados Unidos de América– iba a hablar por televisión esa noche. El año –1973– no había sido de gracia para él, precisamente. Y eso que podía presumir, y con frecuencia lo hacía, de una de las hazañas políticas más notables de toda la historia presidencial norteamericana. Derrotado por Kennedy en 1960 siendo vicepresidente, se presentó como candidato a senador dos años más tarde pero fue vapuleado primero por la prensa –especialmente la liberal– y luego por las urnas. Nixon caía mal, incluso personalmente mal, en muchos sectores. No solo por ser un conservador, que lo era a machamartillo, sino también por su aviesa y resentida personalidad. En su última conferencia de prensa después de la derrota senatorial, anunció que se retiraba de la política, pero no pudo evitar una bronca y amarga despedida. Dirigiéndose a los periodistas, dijo: «Lo siento por vosotros pero ya no tendréis al viejo Nixon para que le deis patadas en el trasero». Y se marchó y fue olvidado.

Pero seis años más tarde, en una de las épocas más virulentas, violentas, inciertas y convulsas del currículum político y social norteamericano, volvió a aparecer en escena. Tras tres asesinatos sonados–John Kennedy, su hermano Robert y Martin Luther King– la renuncia del presidente Johnson por una guerra, la de Vietnam, que Estados Unidos ya no podía ganar, las calles convertidas en batallas campales, la juventud echada al monte y el Partido Demócrata hecho unos zorros, los republicanos echaron mano del «viejo Nixon» para ganar las elecciones de 1968. Y aunque por los pelos, las ganaron. Nixon había vuelto.

Con oriflamas y banderolas al viento, porque en 1972, cuando se presentó a la reelección, Nixon barrió al candidato demócrata por uno de los márgenes más abultados del historial electivo norteamericano. «Cuatro años más, cuatro años más», gritaban en masa sus seguidores. Los índices de popularidad eran una riada, la economía le funcionaba, su política exterior producía golpes de efecto espectaculares como su famosa y primigenia visita a China y su entrevista con Mao Tse Tung o su casi compadreo con el soviético Breznev y hasta la sangría inagotable de Vietnam parecía ir por buen camino y produjo incluso un Premio Nobel de la Paz, no para él sino para su hombre machete, Henry Kissinger, uno de los premios que, según se vio luego, la Fundación Nobel oculta con una cierta vergüenza probablemente.
«Paz con honor», repetía Nixon cuando hablaba de Vietnam. Que, después, resultaron ser ni paz ni honor, pero eso, claro, vino luego. Lo que sí vino entonces fue la gloria prestada de la Luna, el reto que Kennedy había lanzado a su país y al mundo en 1961. «Enviar al hombre a la Luna y traerlo sano y salvo a la Tierra antes de que los años 60 terminen». Algo que fue convertido por Nixon –que odiaba y temía el recuerdo de Kennedy como el campesino al pedrisco– en un triunfo personal en 1969, erigiéndose en protagonista de la leyenda.

Es cierto: en 1972 a Nixon todo le iba color de rosa. Excepto, quizá, por un pequeño asunto de nada, una fruslería seguramente, una chapuza de cinco presuntos maleantes que forzaron y entraron en una oficina situada en uno de los edificios más exclusivos de Washington –negocio inmobiliario del Vaticano, se dijo entonces– llamado acuáticamente «Watergate». En suma: una fechoría sin importancia, algo de todos los días.

El nombre de «Watergate», elegido sofisticada y lujosamente por su relativa proximidad al río Potomac, significa, por supuesto, «la puerta del agua», y algún periodista dado al lirismo informativo pudo decir luego que el agua se había desbordado. Porque resultó que aquellos cinco pretendidos ladrones estaban conectados de una forma u otra con la propia Casa Blanca y que su objetivo era no el de robar sino el de espiar al Partido Demócrata. Y la marea fue creciendo como del cero al infinito. Y Nixon –otra vez el «viejo Nixon»– empezó a echar balones fuera, a buscar cabezas de turco, a utilizar sus trucos y mentiras de siempre, y a dejar cadáveres políticos, propios y extraños, a su alrededor. Sálvese quien pueda, o sea yo. Mientras , a todo esto, dos redactores del diario The Washington Post, llamados Woodward y Bernstein, cuyos nombres han pasado ya a la historia general de periodismo, buscaban esforzada, metódica e inmisericordemente la verdad de aquel escándalo que abrió en canal la carne estremecida del país.

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(Ver artículo completo)

 

 

 

   

  


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