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El País.com

Mies van der Rohe: Menos es más.

El hombre que dibujó la faz de EE UU estaba obsesionado con construir. Por ello abandonó a su mujer y apoyó a los nazis.
07/07/14
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ANATXU ZABALBEASCOA. 1 JUL 2014.

 

No son pocos los arquitectos que se inventaron una vida, pero Mies van der Rohe se la construyó. “No se hizo a sí mismo, se creó”, contó su hija Georgia. Y no lo hizo sólo para progresar socialmente. Buscaba cuadrar la relación entre persona y obra. En eso consiste su arquitectura: en restar hasta que todo encaja. El máximo representante de la sobriedad moderna no estudió arquitectura. Ni siquiera se sacó el bachillerato. Hijo de un cantero, Maria Ludwig Michael Mies (Aquisgrán, 1886-Chicago, 1969) comenzó a trabajar con 15 años haciendo florituras para un fabricante de cornisas y la modernidad la pillo al vuelo, en el azar de una revista –Die Zukunft (El Futuro)–, lo cuenta su último biógrafo, el arquitecto Detlef Mertins. Profesor en la Universidad de Pennsylvania, Mertins falleció en 2011, antes de ver publicada Mies (Phaidon, 2014), la monumental biografía a la que dedicó diez años y que ahora ve la luz. Allí trata de defender al hombre frente al personaje, pero no pasa por alto las aristas de un creador clásico y moderno a la vez, perfectamente reconocible y, sin embargo, difícilmente imitable. Un arquitecto que dejó un legado de tantas obras maestras como nociva fue su huella en la proliferación de rascacielos de vidrio y acero.

Un joven Mies, vestido con bata blanca, posa junto a Walter Gropius en el alféizar de una ventana del estudio de Peter Behrens, director artístico de la empresa AEG. De él heredaría la querencia por la sobriedad. De Berlín, el amor hacia la metrópolis, los trajes a medida y el éxito. Mertins concluye que a Mies sólo lo movió un objetivo: construir. Por hacerlo apoyó a los nazis, abandonó a su mujer o, consumido por la artritis, acudió a las obras en silla de ruedas durante dos décadas. Pero merece la pena ir despacio.

A pesar de no tener estudios, Mies leyó toda su vida. Su primer cliente, el filósofo Alois Riehl, le inculcó la costumbre. Era un joven de provincias de 20 años cuando le encargó su casa en Postdam, a las afueras de Berlín, y le transmitió una idea: la transformación del individuo como requisito para la transformación de la sociedad.

Menos es más. La célebre frase convertida en mantra sintetiza la gran aportación de Van der Rohe, sin embargo, ¿qué significaba para él menos? La obra de arte total, sin descuidos, cerca de la peligrosa pureza formal, tenía monumentalidad y detalle. Corría 1912 cuando Mies comenzó a cortejar a la ilustrada y rica Ada Bruhn, con la que tuvo tres hijas. Los padres de Ada mantuvieron a la pareja durante la Primera Guerra Mundial, cuando él ingresó en la infantería para combatir en Rumania. Puede que fuera allí, en el campo de batalla, donde incubó el cambio.

Al regresar, defendió una arquitectura “de piel y huesos” con tres rascacielos de vidrio con esqueleto de acero para la Friedrichstrasse de Berlín. Luego le pidió a su ayudante, Sergius Reuenberg, que tirara todos sus dibujos de proyectos neoclásicos. También se separó de su mujer. Apareció Mies van der Rohe, el conjuntivo holandés y el apellido de la madre sirvieron para adornar a un hombre que odiaba el ornamento y que se reinventó a sí mismo al reinventar la arquitectura.

Su primer reto como nuevo arquitecto fue meter la naturaleza en los edificios. Lo hizo con vidrio. En viviendas como la casa Tugendhat en Brno o rascacielos como las torres de Chicago se vive con más intensidad lo que ocurre fuera. “A veces sublime, a veces temible”, describió Janet Abrahms, la inquilina del piso 22-A frente al lago Michigan. Esa intensidad exige sacrificios. Así, a pesar de que buscó valores espirituales con sus edificios, la arquitectura de Mies sufrió, para el crítico Manfredo Tafuri, “la incurable enfermedad de la modernidad”. El lado optimista fue que sus espacios servían para volver a empezar. Sabía de qué hablaba.

El pabellón de Barcelona para la Exposición Universal de 1929 representaba la Alemania moderna. Mies se puso chistera para recibir allí al rey Alfonso XIII. El edificio –cuya reconstrucción puede visitarse en Montjuïch–parecía un mondrian en tres dimensiones. Tal vez por eso el monarca preguntó si estaba terminado. Fue la primera vez que pronunció esta definición: “La belleza es la manifestación de la verdad”. Esa idea de san Agustín se convertiría en su otro mantra.

A finales de los años treinta Mies ya estaba con Lilly Reich, una diseñadora excepcional que firmaría con él el mobiliario de la casa Tugendhat, la vivienda a la que dedicó más desvelos. También la más celebrada por sus dueños Fritz y Grete Tugendhat. Los acaudalados padres de ella les regalaron un solar en una colina junto a su vivienda en Brno (Checoslovaquia). Mies ideó lavadoras, un inolvidable jardín de invierno y un sistema para levantar una cristalera de más de cinco metros. La casa es sobria, pero el muro de onyx que separa el salón de la biblioteca costó el equivalente a un bloque de viviendas sociales de la época. ¿Es la casa Tugendhat habitable? Se preguntó un crítico de la época. “La austeridad evita que pierdas el tiempo”, contestó Grete.

 

 

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