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El País.com

La isla de la tecnología.

Taiwán apostó su desarrollo a la producción de ordenadores. Hoy es la gran fábrica de electrónica, el Silicon Valley de Asia.
07/07/14
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A 390 metros de altura, Taipéi aparece sumergida por un calor tropical. Un manto de humedad y neblina le confieren un color cobrizo. Los edificios brillan débilmente al sol de la tarde, mostrando sus ángulos rectos, y se extienden hacia el horizonte hasta fundirse con la atmósfera. A vista de pájaro, el urbanismo muestra una sobriedad rectilínea y eficiente. Como si un planificador colosal hubiera trazado las avenidas con un programa informático. En otro tiempo, esta llanura se encontraba anegada por un lago. Hoy, recuerda a la geografía ordenada de los microchips. Circuitos, nodos, celdas interconectadas, y la vida en su interior moviéndose a impulsos eléctricos. Esta visión nos golpea en la azotea del rascacielos Taipéi 101. Como si hubiéramos aterrizado en una película futurista y no en la isla de Taiwán. Quizá el desequilibrio en la percepción provenga del verdadero viaje que acabamos de comenzar en el ascensor del edificio, desplazándose a 1.010 metros por minuto (37 segundos hasta el piso 91), mientras la luz se oscurece como si cruzáramos a otra dimensión y el ascensorista aconseja: “Traguen saliva para ajustar la presión”. En Taiwán, desde que se toca tierra, lo envuelve a uno la sensación de caminar por las entrañas de un artefacto electrónico.

La tecnología lo recubre todo. El Taipéi 101, sin ir más lejos, fue bautizado así como un guiño al sistema binario del lenguaje computacional. Durante cinco años (hasta 2010) fue la construcción más alta del planeta. Un bloque de vidrio azul con forma de bambú visible desde cualquier punto de la capital. Un tótem de la era digital. Levantado en el corazón de un vibrante distrito financiero, alimentado a base de exportaciones; el símbolo de una nación agrícola y pesquera que decidió jugarse su desarrollo a una carta: producir chips y ordenadores de forma masiva.

Si hacemos caso a las cifras de Digi Times Research, web taiwanesa que estudia los vaivenes del mercado tecnológico, las compañías de esta nación fabrican en torno al 85% de portátiles del planeta (unos 440.000 al día). Acumulan cerca del 60% de la producción de tabletas (270.000 cada 24 horas). Funden también el 60% de los semiconductores –o chips– del globo. Manufacturan el 60% de las placas bases (la plancha donde se conectan los componentes de la computadora). Y se aproximan el 20% de la cuota mundial de teléfonos móviles (cerca de un millón de terminales al día). Normal que uno tenga la sensación de moverse entre circuitos. Forman. Y uno cree percibirlos en los ornamentos de un edificio. En un cuadro en la pared de un hotel retroiluminado con leds (Taiwán es uno de sus mayores fabricantes). Y en la escultura de la entrada principal de la University Taipéi Tech, a medio camino entre el esqueleto de un robot y una enredadera.

La universidad conecta por una avenida con el centro comercial Gong Hua Digital Plaza: seis plantas donde se vende todo tipo de tecnología. Las callejuelas colindantes se dedican también al mundo digital. En un palmo se mezclan neones de Acer, Asus, LG, Samsung, Gigabyte y Toshiba. Los puestos venden ordenadores de segunda mano y tabletas recién salidas de la fábrica. En un corredor trasero, encontramos una ferretería de dos plantas dedicada a la manufactura casera de tecnología. Hay miles de cables y conectores. Chips a cuatro euros. Interruptores y planchas vírgenes en las que uno puede engranar las tripas de un ordenador. Una dependienta teclea en el traductor de su teléfono el contenido de la tienda y nos muestra la respuesta: “Capacitación electrónica”.

En Taipéi, todo el mundo parece tener el móvil a mano, como un revólver. Volvió a ocurrirnos algo similar en Treasure Hill, una colonia de viejas casitas, donde se asentaron en 1949 parte de los militares chinos que llegaron a Taiwán huyendo de Mao Zedong, y tras los pasos de Chiang Kai-shek. Hoy estos chinos lideran uno de los países que mejor representa la globalización, pero cuya legalidad internacional sigue en un limbo. Apenas una veintena de países reconoce Taiwán. Y son poco relevantes. Solo la Santa Sede en Europa. Ninguno de los asiáticos. Ni Estados Unidos ni Japón ni la República Popular China, principales clientes de sus mercaderías (mantiene relaciones con la comunidad internacional a través de oficinas comerciales). Pero el viejo barrio, mientras, se ha transformado en un cogollo de artistas donde un guarda al que le preguntamos dónde podemos encontrar una audioguía desenfunda el móvil, susurra al terminal unas palabras en mandarín, y muestra el resultado en la pantalla. Casi como si fuera una respuesta a nuestras preguntas sobre la capacidad productiva de la isla, se lee en inglés: “Seguid caminando. Encontraréis ayuda”.

Así que un día más tarde, en un despacho de la Universidad Nacional de Taiwán, comienzan a aparecer algunas claves que explican por qué el sector tecnológico suma más del 50% de las exportaciones y alcanza un tercio de la producción industrial, según la Cámara de Comercio española en la región. “En los setenta llegaron los americanos. Comenzaron a construir una industria tecnológica. Ése es el punto de partida”, narra Ko Hui Chang, profesor especializado en las relaciones entre sociedad y tecnología. “Buscaban mano de obra barata. Y una regulación medioambiental poco estricta. Construyeron grandes fábricas. Y comenzaron a producir radios y televisores. Luego ordenadores. En los ochenta, cuando los americanos se fueron en busca de una mano de obra aún más barata en Asia, dejaron las fábricas y quedaron los ingenieros taiwaneses ya formados. Comenzaron a comprar las factorías”.

 

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