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El País.com

León: Seis mujeres en torno a un crimen.

Las tres acusadas de la muerte de la presidenta de la Diputación formaban un triángulo plagado de aristas.
24/06/14
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JESÚS DUVA. 20 JUN 2014.

Las mujeres implicadas en el asesinato de Isabel Carrasco Lorenzo, la presidenta de la Diputación de León, podrían formar parte de una tragedia griega. Como en las obras de Eurípides y Sófocles, las mujeres de León aparecen como personajes tortuosos, atormentados y marcados por un destino fatal. Monserrat González, su hija Monserrat Triana Martínez y la policía local Raquel Gago Rodríguez tienen una vida interior atribulada, a veces oscura, llena de recovecos. Componen un extraño triángulo cuajado de aristas. Un retablo del que son personajes principales de un sumario judicial, que acaba de dejar de ser secreto, y que se completa con otras muchas mujeres a su alrededor. Los caprichos del destino.

Carrasco, nacida en Santibáñez del Bernesga (León), dura y cortante como el pedernal, murió a sus 58 años por los tres balazos que le asestó el pasado 12 de mayo Monserrat González en la pasarela sobre el río Bernesga que une el paseo de la Condesa Sagasta con el de Salamanca. Con un tiro por la espalda, que le afectó al corazón, nada pudo hacer por ella una mujer —la enfermera Teresa Fernández García— que casualmente caminaba a pocos pasos de distancia. Un policía retirado, Pedro Mielgo Silván, que pasaba por la zona, siguió a la presunta asesina hasta que fue detenida en las inmediaciones, junto con su hija Triana. Al día siguiente fue arrestada la policía local Raquel Gago, tras hallarse en su coche el revólver Taurus, calibre 32, empleado en el crimen.

Desde entonces, las tres supuestas implicadas en el homicidio están en prisión por orden de la juez Sonia González Pérez. Otra mujer en el caso. Igual que la inspectora Elena Martínez Robles, la detective responsable de la investigación. Igual que la jefa de la policía de León, la comisaria María Marcos Salvador. Igual que la secretaria del Juzgado de Instrucción número 4, María Ángeles Quintas Álvarez.

Monserrat González está casada con Pablo Antonio Martínez García, un leonés de Santa Marina del Rey, ahora inspector jefe de la comisaría de Astorga. Como ocurre con muchos matrimonios añejos, la pasión inicial había ido languideciendo y ahora sus relaciones eran gélidas. Desde hace diez años viven en Astorga, donde su marido ocupa la jefatura de la comisaría de policía, aunque ella pasa largas temporadas con su hija Triana en León. Unas veces porque va a consulta médica, otras simplemente para hacer compras. Cualquier excusa es buena. Las dos son uña y carne. Están tan unidas que su mutua dependencia resulta un tanto enfermiza ante los ojos ajenos. “Mi mujer y mi hija no me hacen ni puñetero caso”, ha comentado el policía más de una vez.

El domingo anterior al crimen, Monserrat, su esposo y su hija comieron con la abuela en la casa de Carrizo, el pueblo natal de las mujeres. Después, madre e hija se fueron a León, mientras que Pablo se marchó a Astorga. Una vez más solo.

Triana y la policía Raquel Gago eran íntimas desde que esta, muchos años atrás, había trabajado de socorrista en la piscina de Carrizo. Desde entonces se hicieron casi inseparables. Así que en la mañana del lunes día 12, Triana telefoneó a su amiga Raquel por si le apetecía comer en su casa algo que a ella le encanta: mejillones. Sin embargo, esta rechazó la invitación y prefirió juntarse para tomar café tras el almuerzo. La agente estuvo en un coche patrulla con su compañero Manuel Chávez Jaramillo hasta las tres de la tarde. Salió del trabajo y llegó poco después de las cuatro al piso de la calle de la Cruz Roja, donde permaneció 15 o 20 minutos con Triana en la cocina, mientras la madre veía la televisión en el salón. Eso es lo que Raquel ha declarado: que charlaron de todo y de nada y que no hubo ningún complot para dar muerte a Isabel Carrasco, la todopoderosa presidenta de la Diputación, a quien Triana, a sus 34 años, culpaba de haberle truncado un futuro otrora prometedor.

Tras despedirse de su amiga, la policía local subió a su Volkswagen Golf y enfiló hacia el centro de la ciudad. Según ella, quería comprar en la tienda El Rincón del Arte unos materiales para arreglar un mueble en las clases de restauración a las que solía acudir en Trobajo del Cerecedo. Aparcó en la calle de Lucas de Tuy, entre la Gran Vía de San Marcos y la calle de Sampiro.

La tienda estaba cerrada. Aprovechó la espera para ojear una revista y hacer varias llamadas con su móvil: a Desguaces LJM Hermanos García, de León; a la Herboristería Pepe Navarro de la calle de Fuencarral de Madrid; otra llamada para felicitar a una amiga que ese día celebraba su cumpleaños… Además, pasó un buen rato charlando con Julio Mozo, un controlador de los parquímetros callejeros.

A las 17.19 recibió una llamada de Triana de solo 17 segundos de duración. ¿Llegaron a hablar? ¿Qué es lo que le dijo? Nadie lo sabe. Pero resulta harto sospechoso que ese telefonazo coincidiera con el instante exacto en que el 091 de la policía recibía el aviso de un ciudadano alertando del tiroteo ocurrido en la pasarela.

Si realmente estaba compinchada en el asesinato de Isabel Carrasco, resulta difícil de entender que se dedicase a conversar con el controlador y a hablar por teléfono en vez de estar en tensión. Salvo que tenga nervios de acero, cosa que muchos de sus compañeros de la policía desmienten: “Raquel se ponía muy alterada si había que hacer una intervención complicada. Odiaba las armas”.

 

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(Ver artículo completo)

 

 

  


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