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El País.com

Vivir a las puertas de un gigante.

China inunda de productos el sureste asiático mientras explota los recursos de sus vecinos.
23/06/14
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ZIGOR ALDAMA. Luang Namtha. 22 JUN 2014.

Técnicamente, Boten es una localidad situada en territorio de la República Democrática Popular de Laos. Pero en la práctica resulta difícil creer que así sea. Porque aquí lo que importa es el retrato de Mao Zedong impreso en los billetes de yuanes chinos. Además, los curvos caracteres laosianos y sus sonidos suaves están relegados a un papel secundario por los complejos ideogramas del mandarín y la estridencia de quienes los pronuncian. Y, en los comercios, el Made in China se impone rotundo: desde cigarrillos y licores, hasta juguetes y pantalones vaqueros que han relegado los tradicionales sarong laosianos al olvido.

No en vano, la  Ruta 13 que los colonizadores franceses construyeron para vertebrar al hermano pequeño de Indochina comienza a pocos kilómetros de aquí, en la frontera que separa ambos países comunistas. Sobre el maltratado asfalto de Laos ahora corren las luces y las sombras de la expansión china en el sudeste asiático, el yin y el yang de una estrategia con la que Pekín promete desarrollo económico a sus socios. “Los franceses (1893-1954) robaron todo lo que pudieron y no dejaron apenas infraestructuras. Los chinos, sin embargo, pagan por lo que se llevan y construyen carreteras, presas, y aeropuertos”, alaba Vong Sutsathip, un joven funcionario de Inmigración.

No obstante, el año pasado Laos importó bienes y servicios de China por valor de más de mil millones de dólares, y exportó únicamente 800. Es solo una muestra del crónico desequilibrio en la balanza comercial que caracteriza las relaciones económicas de China con sus vecinos, una supremacía que resulta en una relación de subordinación que muchos tachan de neocolonialismo. Un buen ejemplo de ello es el plan para unir Pekín con Singapur a través de una línea ferroviaria de alta velocidad que correrá paralela a la Ruta 13 de Laos, y cruzará luego Tailandia y Malasia. “La construirán empresas chinas y los gobiernos tendrán que firmar créditos blandos con Pekín que, de facto, en casos como el de Laos supondrán la total supeditación económica a China”, explica a EL PAÍS, bajo condición de anonimato, un alto cargo en Vientián de una de las principales agencias de Naciones Unidas.

La consagración de China como superpotencia económica se ha traducido también en una prepotencia política y militar que provoca importantes choques en la región. Sobre todo en el Mar de China Meridional, cuyas aguas ricas en recursos naturales se disputa con media docena de países. Las escaramuzas con navíos y aviones de Japón elevan periódicamente la tensión en la zona, pero los roces ya no son exclusivos de personal uniformado. Se confirmó entre el 14 y el 18 del mes pasado en Vietnam después de que Pekín autorizase el traslado de una plataforma petrolífera a una zona que Hanoi reclama para sí.

Los vietnamitas, en un brote de nacionalismo alentado por su Gobierno, saltaron a las calles en una explosión de violencia que dejó una docena de muertos y decenas de fábricas en llamas, y que ha resucitado el fantasma de las revueltas contra ciudadanos chinos que dejaron más de 1.100 fallecidos en Indonesia durante mayo de 1998. En aquel entonces, la población local acusó a los residentes chinos de hacerse con la mayoría de la riqueza y de los recursos del país. Ahora, ese poderío económico ha aumentado de forma peligrosa.

La estupa dorada que sirve de punto limítrofe entre Laos y China es buen ejemplo de ello. Lo que hace una década era un somnoliento puesto fronterizo es hoy un hervidero de camiones con matrículas chinas que llegan repletos de mercancía: maquinaria pesada, electrodomésticos, motocicletas, ropa, alimentos y un largo etcétera. 15 kilómetros más adelante, en el gigantesco solar de una empresa china de logística, se representa la estrategia comercial que China emplea en toda la región: los productos chinos se descargan para su distribución por el país, y los vehículos se vuelven a cargar para que regresen a la segunda potencia mundial con madera, caucho, y minerales. Son las materias primas que el Gran Dragón necesita para continuar creciendo y retar a la hegemonía de Estados Unidos.

A lo largo de la carretera 13 quedan en evidencia las heridas que deja la explotación de esos recursos naturales. Acaba la estación seca, las temperaturas alcanzan los 40 grados, y el fuego carboniza lo que queda de una jungla que ha sido previamente deforestada. En muchos casos, es tierra que el Gobierno ha cedido a empresas chinas para su explotación durante un período de 25 a 50 años. Se llevan la madera que ha tardado siglos en crecer y la sustituyen por cultivos industriales de rápido crecimiento para su posterior procesamiento. Hasta principios del año pasado, el Gobierno comunista de Laos había aprobado 2.600 concesiones de tierra que abarcan, según el Programa Internacional Geosfera-Biosfera (IGBP), 1,1 millones de hectáreas.

Es un 5% de la superficie del país y una extensión mayor que la utilizada en la producción de arroz, la base de la dieta laosiana. Además, la mayoría de los contratos de la última década, en la que su número se ha multiplicado por 50, se han firmado con empresas chinas que no utilizarán la tierra para cultivos agrícolas. El resultado, advierten las ONG, es desastroso: un desierto verde de árboles de caucho o de palma en el que desaparece la diversidad de flora y fauna del bosque tropical, y que condena a los agricultores a la dependencia del mercado de alimentos para su supervivencia y los hace vulnerables a la volatilidad de los precios.

 

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