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El País.com

Lloremos, pero de risa.

En tiempos en que el ingenio desborda las redes sociales, los libros de humor se multiplican.
15/06/14
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JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS. 14 JUN 2014.

Esta página debería empezar con un chiste, pero empieza con una definición, dos definiciones. La primera: “Humor: facultad de parodiar las propias convicciones, o sea, de pensar”. La segunda: “Crisis: periodo trágicamente fértil”. Su autor es el hispanoargentino Andrés Neuman, que ha recogido en Barbarismos (Páginas de Espuma) casi mil palabras pasadas por el ingenio y ordenadas alfabéticamente, como si Gómez de la Serna hubiera completado el Diccionario de tópicos de Flaubert. Cuentan que Heinrich Heine, poeta alemán, hombre serio, dijo en su lecho de muerte: “Dios me perdonará, es su oficio”. Antes había dicho que “después del llanto más sublime acaba uno por sonarse”, y ése parece el estado de ánimo de una multitud de autores empeñados en que el rechinar de dientes de la crisis no sea incompatible con reír a mandíbula batiente. En tiempos en que un informativo satírico como El Intermedio (La Sexta) saca medio millón de espectadores al Telediario de la noche y en los que basta la metedura de pata de un político machista o la abdicación de un rey para que las redes sociales se llenen al minuto de comentarios jocosos y juegos de palabras, la literatura de humor ha ido ganando espacio, es decir, ampliando el cultivado durante años por escritores como Eduardo Mendoza, Juan José Millás, Antonio Orejudo o Juan Aparicio Belmonte. Mientras las recopilaciones de monólogos o de viñetas firmados por cómicos de la tele son ya casi un género literario y veteranos como Forges o El Roto siguen publicando libros regularmente, varias editoriales explotan la vena humorística. La Conjura de la Risa se llama, precisamente, la colección que acaba de lanzar Anagrama con obras de John Kennedy Toole, Tom Sharpe, Arto Paasilinna o Alan Bennet. Entretanto, Blackie Books, lleva tiempo recuperando la narrativa de Enrique Jardiel Poncela, cuya Poesía completa publicó meses atrás el sello Hiperión. Por otro lado, el compositor Benet Casablancas acaba de reeditar El humor en la música (Galaxia Gutenberg) y hasta el último premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, con autores como María Zambrano y Umberto Eco en el palmarés, ha ido a parar este año a un dibujante, Quino.

¿Son las crisis para el humor esos periodos “trágicamente fértiles” de la definición de Neuman? ¿Funciona mejor en tiempos revueltos? El historiador argentino José Emilio Burucúa, autor del ensayo La imagen y la risa, evoca el latino castigat ridendo mores (corrige las costumbres riendo) para concluir que “los revoltijos sociales multiplican la producción de obras satíricas”. Con todo, cuenta que en la Argentina actual no hay revistas de ese cariz como Le Canard Enchaîné en Francia o Mongolia y El Mundo Today en España: “Paradójicamente, sí las hubo en las peores épocas de la derecha peronista y de la dictadura militar. Fueron famosas Satiricón y, sobre todo, Humor que, con gran calidad, se atrevió a ironizar hasta sobre la tortura ya en 1979”. Y apunta el nombre de dos columnistas satíricos actuales: “Uno en La Nación de los sábados (Carlos Reymundo Roberts) y otro en la revista dominical Perfil (Alejandro Borenstein); sus burlas contra el Gobierno son francamente desopilantes”. La mexicana Bárbara Jacobs responde a la misma pregunta con otra pregunta: “¿Ha habido tiempos no revueltos política y socialmente?”. Narradora y ensayista, Jacobs escribió con su marido —el cáustico Augusto Monterroso, fallecido en 2003— una célebre Antología del cuento triste, pero se licenció en Psicología en 1979 con una tesis titulada La risa. Veinte años después convirtió esa tesis en el ensayo Nin reír. Ambos le sirvieron para concluir que “nunca ha faltado el autor satírico que, aun a riesgo de su vida, puntualizara con su navaja particular la revoltura política y social de su tiempo”.

De la sátira y sus riesgos algo sabe el chileno Patricio Fernández, que en 1998 fundó con un grupo de amigos el semanario The Clinic, hoy una referencia en América Latina. La revista, cuyas páginas han ocupado autores como Nicanor Parra, Pedro Lemebel o Rafael Gumucio, no nació como tal sino como un panfleto para “festejar” la detención de Pinochet en una clínica de Londres, de ahí su nombre. “Y más todavía”, añade Fernández, “para molestar a sus defensores y herederos”. Ni que decir tiene que se molestaron: “Recibimos amenazas de bomba e incluso a mí me golpeó por ahí un insigne pinochetista. El giro que hizo The Clinic fue responder a la barbarie dictatorial con sátiras y sarcasmos en lugar de con gritos de rabia”. ¿Cuándo se dieron cuenta de que habían dado en el clavo? “Cuando descubrí que los hijos de los pinochetistas también se reían con nuestras burlas en la cara misma de sus padres, y hasta algunos de esos padres cuando nadie más los veía”. Para Fernández, en tiempos agitados es cuando el humor muestra toda su fuerza corrosiva: “A fin de cuentas, es la voz de la duda. Su mensaje de fondo es que nada es enteramente lo que creemos y que siempre pervive un resto de absurdo capaz de recordarnos que jamás la tragedia es completa ni ninguna verdad enteramente sagrada. Es un bálsamo democrático capaz de disolver las jerarquías con una eficacia mayor que la de cualquier fusil revolucionario”.

De lleno en la crisis española, Jordi Costa, responsable de la antología Una risa nueva. Posthumor, parodias y otras mutaciones de la comedia (Nausícaä), abunda en la idea: “Tiempos duros invitan a carcajadas fuertes. Cuando la realidad se degrada, la risa se convierte en un arma”. Un arma que se dispara cada día con un estímulo diferente. “Por eso es difícil impedir que se hagan chistes sobre el tema del momento”, dice refiriéndose a la reciente retirada de una portada de la revista El Jueves dedicada a la abdicación del Rey: “No ha sido un veto del poder, sino autocensura empresarial antes de que pasara nada, pero en estos días es imposible no bromear sobre la Corona”.

Una demostración de que el humor depende del tiempo —el tema del momento— y del espacio es la movilidad de los tabúes sobre los que actúa. Carme Riera, narradora en catalán, académica de la RAE y profesora de la Universidad de Barcelona, señala dos de esos tabúes: el nacionalismo y los calvos. ¿Los calvos? “Sí, los hombres calvos”, insiste. “Si haces un chiste delante de uno se molesta. Igual que si haces una caricatura de Cataluña o Andalucía delante de un catalán o un andaluz”. Sabe de qué habla. En 2009 publicó la novela Con ojos americanos (Bruguera), una ácida visión de la realidad catalana vista por un estudiante estadounidense de paso por la Ciudad Condal. Aquella incursión humorística de la escritora mallorquina puso, cuenta ella, “de muy mal humor” a los nacionalistas. “Hubo quien dijo que eran lectores míos, pero que dejaban de serlo. Así son los nacionalismos, el catalán, el español y todos”. Un filón, por cierto, que explotan tanto Javier Pérez Andújar en la novela (con vodevil) Catalanes todos (Tusquets) como Javier Traité en Historia torcida de España (Principal de los Libros).

Si la caricatura identitaria ha tenido expresiones televisivas como Polònia (Cataluña), Vaya semanita (País Vasco) u Oregón Televisión (Aragón) ha sido su traducción cinematográfica la que ha marcado un hito con Ocho apellidos vascos, la película de Emilio Martínez Lázaro, la más taquillera del cine español. Carme Riera, sin embargo, tiene sus reservas: “No pasará a la historia del cine. Es graciosa y desdramatiza, pero llega 20 años tarde”. Autora del ensayo El ‘Quijote’ desde el nacionalismo catalán, en torno al Tercer Centenario, Riera advierte del riesgo de ceñirse al “tema del momento”: la caducidad. “Hay que elevar la anécdota a categoría”. ¿Un ejemplo? “Obviamente, el Quijote. Lo curioso es que en su época se leyó como un libro de risa, pero su prestigio le viene de que los románticos los leyeron como una obra seria, triste”.

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