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Mi pacto es con el futuro de México”

El mandatario, que inicia mañana una visita de Estado a España, afirma que no claudicará en el desarrollo legislativo del esfuerzo reformador que su Gobierno impulsa en el orden constitucional
08/06/14
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JAVIER MORENO. México. 7 JUN 2014.

 

Cuando Enrique Peña Nieto la pronunció casi al final de la conversación que mantuvimos hace unos días en el palacio presidencial de Los Pinos, en la ciudad de México, la frase retumbó, corta y seca. Resumía de forma extraordinariamente precisa, o al menos así me lo pareció en aquel momento, el aura que casi siempre ha envuelto a la más alta institución del país, el trepidante ritmo de las reformas que el presidente ha puesto en marcha en los 18 meses que lleva de mandato y seguramente su propio carácter, por todo lo que me habían contado, por las veces anteriores en que nos habíamos encontrado y por el propio transcurso de la entrevista:

—El presidente de México no tiene amigos.

La respuesta se produjo cuando, tras haber repasado otros muchos asuntos sobre economía y relaciones internacionales, le planteé si haberse desempeñado previamente como gobernador del Estado de México, el más poblado de la República, uno de los más industrializados y con seguridad también uno de los más complicados de manejar políticamente, le supuso un buen bagaje para afrontar sus actuales responsabilidades.

Se acumula experiencia, formación, afirmó Peña Nieto, “pero no hay nada que se parezca ni siquiera de cerca a lo que es la responsabilidad de ser presidente de México; es única y compromete a uno con todo México y sólo con México; y ahí recuerdo haber compartido todavía en la transición, en algún mensaje que dirigí a un grupo de representantes de distintos sectores sociales: a ver, el presidente de México no tiene amigos. El presidente de México está dedicado a una tarea que es servir a México y como tal asumo esta responsabilidad. Esa es mi visión”.

Enrique Peña Nieto nació en 1966 en Atlacomulco, una población del Estado de México que da nombre también a un grupo de vaga afiliación dentro del Partido Revolucionario Institucional (PRI) desde los años cuarenta, en la época del presidente Manuel Ávila Camacho. Peña Nieto se convirtió en gobernador del Estado tras ganar las elecciones de 2005. Pocos años después, su nombre comenzaba ya a sonar con insistencia para la más alta magistratura del país.

REFORMAS. RESISTENCIAS

Conocí a Peña Nieto cuando todavía era gobernador, y para ser sincero entonces con él le quise confesar (“con el debido respeto por el Estado de México, gobernador”), que no quería hablar tanto de la entidad que entonces dirigía, sino más bien de sus ideas sobre México pues ya entonces, le dije, su estrella ascendente dentro del PRI y el buen desempeño de este último en las encuestas podían hacer pensar en él como futuro presidente.

Accedió de grado y tanto en ese encuentro como en algún otro posterior cuando ya era candidato se mostró claro y directo, aunque nada me hizo anticipar la sacudida que se produciría en su discurso de toma de posesión el 1 de diciembre de 2012 en Palacio Nacional, en el que anunciaría una larga lista de reformas y planes extraordinariamente concretos que rompían con una tradición de discursos igual de elevados pero convenientemente vaporosos, y que sorprendieron tanto a políticos como a empresarios, cuyos más conspicuos representantes asistieron al evento.

Muchos de ellos, según pude comprobar ese día al finalizar el acto, entendieron de inmediato que las reformas propuestas buscaban poner coto a los monopolios de tres de los empresarios más poderosos del país: Carlos Slim, siempre entre los más ricos del mundo según Forbes, cuya compañía América Móvil controla el 70% de las líneas de telefonía fija (Telmex) y el 75% de los móviles (Telcel) así como servicios de banda ancha; y Emilio Azcárraga y Ricardo Salinas Pliego, dueños, respectivamente, de las cadenas Televisa y TV Azteca, cuya cuota de pantalla combinada llega al 96%. La alusión a la necesidad de transformar a fondo el sistema educativo se entendió como otro desafío a uno de los poderes fácticos más arraigados de México, el del sindicato de maestros, lo que suscitó un aplauso inaudito, atronador, inacabable, entre los invitados al acto.

Apenas dos meses después, en febrero de 2013, Elba Esther Gordillo, la líder de la central sindical más grande y potente de América Latina, la que agrupa a los maestros de México, fue arrestada acusada de desviar fondos del Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación. Sucedió al día siguiente de que se promulgase la reforma educativa anunciada en el discurso en Palacio Nacional. A la espera de lo que resuelva finalmente la justicia (aunque pocos en México dudan de la corrupción de La Maestra, como se la conoce), su detención supuso un golpe de autoridad comparable al que otros presidentes mexicanos dieron al comienzo de sus mandatos.

Peña Nieto mostró así que no estaba dispuesto a aceptar viejos chantajes ni tolerar límites al poder legítimo del presidente de la República. Un viejo priista, lapidario en su confesión a Luis Prados, el anterior corresponsal de EL PAÍS en México, declaró: “Enrique tiene más de cabrón que de bonito”, en respuesta a los que consideraban al flamante presidente una figura manejada por otros entre bambalinas, al servicio de sus intereses.

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