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El País.com

El difícil renacer de Haití.

El país más pobre de América no levanta cabeza pese a la ayuda de la comunidad internacional.
03/06/14
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Mauricio Vicent. Puerto Príncipe. 1 JUN 2014.

Ya no queda nada del Palacio Nacional de Puerto Príncipe. Cuatro años y medio después del terremoto que arrasó la capital más pobre de América, sobre sus cimientos solo hay un césped bien segado por el que ahora camina el presidente de Haití, Michel Martelly, un famoso cantante de música popular antes conocido como Sweet Micky. Al verlo aparecer frente al Campo de Marte, que albergó durante mucho tiempo un gigantesco campo de refugiados, decenas de personas se acercan a la verja. “Martelly, eres el mejor”, “Nunca mueras”, gritan unos descamisados. Otros no se achican: “Das vergüenza, no has hecho nada por nosotros”. Es el “juego democrático”, admite él. Y Haití apenas lo ha saboreado en 210 años de independencia.

El helicóptero presidencial espera en la explanada. Antes de subir, Martelly saluda a la multitud. Cuando empiezan a girar las hélices del AS365 Dauphin, en la cabina de la aeronave dan vueltas también los datos más crudos de su país: 56% de la población vive en la pobreza extrema, con menos de un euro diario (1,3 dólares); el 76% no llega a los dos (2,7 dólares), dudoso límite de la pobreza relativa. Son siete millones de pobres en un país con 10 millones de habitantes en el que el 60% de la población no tiene garantizado el trabajo, y donde gran parte de los hogares carece de letrinas y de acceso a agua corriente. Sweet Micky suspira: “Es la realidad que estamos tratando de cambiar”. Desde la altura los suburbios de Puerto Príncipe se ven menos miserables. Sin embargo, abajo los haitianos de a pie —no digamos los 140.000 damnificados por el temblor de 2010 que siguen en carpas— no parecen haberse enterado de los buenos deseos del Gobierno. “Sigo igual que antes”, afirma Jean Baptiste, un chico que se busca la vida entre el tráfico loco de la capital vendiendo agua fría en bolsitas, a 10 gourdas la unidad, unos 15 céntimos de euro al cambio. Como la mayor parte del día no hay luz, Jean Baptiste y muchos otros aguadores enfrían la bebida en los únicos lugares en que no falla el suministro eléctrico: las morgues.

Sentada en plena calle, al lado de un basurero una mujer revende carbón a cambio de unas cuantas gourdas. Es un negocio ínfimo pero seguro: el 96% de las viviendas en el campo y el 84% de las de la capital —donde vive un tercio de la población— cocinan con combustible vegetal. La superficie de bosques en Haití no llega ni al 2%. Literalmente, la gente se ha pulido los árboles para sobrevivir.

Nos dirigimos a la comunidad de Cornillon Grand Bois, distante tan sólo a 52 kilómetros de la capital, pero por tierra se tarda seis horas en llegar pues no hay carreteras. Aquí comienza hoy la campaña nacional de reforestación, que en 2014 aspira a sembrar 30 millones de árboles, y Martelly plantará el primero. Esta campaña y el programa de enseñanza gratuita y universal han sido dos estandartes de su Gobierno, que mañana cumple tres años. Pero los resultados dejan que desear.

Pese a los 2.000 millones de euros inyectados por la cooperación internacional desde 2010, los principales indicadores no han mejorado. En el Índice de Desarrollo Humano, el país ocupa el puesto 161 (de 180). La tasa de mortalidad infantil sigue siendo escandalosa, 70 por cada 1000 nacidos vivos (21,3 en República Dominicana), igual que el número de muertes maternas por cada 100.000 nacidos vivos, que es de 350. La esperanza de vida al nacer es de 62 años, pero no hay datos oficiales sobre lacras como las violaciones y los abusos infantiles, entre otros maltratos que compiten con el analfabetismo, si bien en este punto Martelly se planta: “La tasa de escolarización, que en 1993 era sólo del 47%, hoy es del 88%”. En tres años, dice, el Gobierno ha dado escuela gratis a 1.400.000 niños de primaria y más de 100.000 adultos han aprendido a leer y escribir. “Este año pretendemos alfabetizar a otro medio millón de personas…”.

El helicóptero pasa por unas lomas devastadas en las que se asienta un gigantesco pueblo en medio de la nada. Es Canaán, la tierra prometida para decenas de miles de damnificados por el terremoto y también para muchos haitianos que se instalaron aquí después de 2010 buscando una vida mejor (nadie sabe exactamente cuánta gente vive ahí abajo). A Canaán no ha llegado la ley, ni el agua, ni la electricidad, ni los hospitales, y sólo algunas ONG han abierto unos pocos colegios para acoger a niños de la comunidad.

Martelly admite que Canaán es la peor cicatriz del terremoto, aunque dice que han construido cientos de casas y que se planea un parque industrial para beneficiar a los vecinos de la zona. De inmediato, pasa a la ofensiva: “Cuando llegué al Gobierno había una epidemia de secuestros; hemos acabado con los secuestros. El índice de asesinatos se ha reducido a 7 por cada 100.000 habitantes; en Dominicana es cuatro veces superior. La economía ha crecido un 4,3 % y si hace tres años había 12.000 ONG trabajando en el país sin control, hoy no llegan al millar”. Llegado a este punto, y cuando comienza a explicar que Haití debe dejar de ser un país receptor de cooperación para convertirse en productor y creador de su propio desarrollo, el piloto se despista y durante 10 minutos busca donde aterrizar. “Otra vez nos hemos perdido”, exclama.

 

 

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